?o lo mataron físicamente, pero sí de forma psicológica. Desde el Alzamiento, sufrió una tortura constante. Fue fusilado en vida. Hablo de mi marido, José Gómez Naveira, con el que me casé a los 18 años. Nació en Carral, en 1906, y aprobó las oposiciones al cuerpo de fiscales con sólo 22 años. No pudo ejercer hasta tres después, cuando cumplió la edad reglamentaria. Trabajó entonces en Tenerife, Jaén y La Coruña. Aquí, sus compañeros y jefes le hicieron la vida imposible y lo acabaron denunciando por sus ideas liberales. Todos sus amigos eran de izquierdas. Tenía mucha amistad, por ejemplo, con Manso, diputado socialista en Salamanca. A éste lo torearon en la plaza de toros de su ciudad antes de asesinarlo. Encerrado en casa Tras la denuncia, se tuvo que ir en comisión de servicio a Albacete. Me fui con él. Cuando estaba próxima a dar a luz a mi primer hijo, quise volver a La Coruña. Me acompañó. Y justo estalló la guerra. El 3 de agosto de 1936 fue suspendido de empleo y sueldo. Ahí empezó el martirio. De entrada, tuvo que quemar todos sus libros y suspender la correspondencia con sus amigos liberales de Argentina. Pasó toda la guerra encerrado en casa, en la calle San Andrés. Temíamos a las brigadas de la muerte, que entonces estaban en pleno funcionamiento. Desde la ventana veíamos pasar camiones llenos de cadáveres de fusilados. Sabíamos quiénes eran los asesinos: gente normal. Algunos iban con una mano en el crucifijo y otra en la pistola. Él se libró porque tenía buenos amigos, como Pérez Ardá, el que fue alcalde, que siempre que pudo le ayudó. En casa, mi marido tenía a mano una banqueta, una cuerda y un cuchillo. Era por si venían a buscarlo y tenía que saltar al edificio contiguo. Multas constantes Fuimos expoliados de forma sutil. Nos expropiaron una finca en Carral. Y, de vez en cuando, llegaban multas. Recuerdo una de 250 pesetas «por frases desafectas al Estado». Hubo alguna de 25.000, nada menos. «¿Por qué?», preguntábamos. «Por ser rojos», nos contestaban. Una vez vinieron a cobrar dos policías, uno de los cuales, por cierto, pertenecía a las brigadas de la muerte. Preguntamos la causa de la multa y señaló su pistola. «Ésta es la justificación», dijo. En la calle teníamos el sello de ser rojos. Íbamos a una pastelería del Cantón y nos atendían los últimos aunque llegásemos los primeros. Una vez mi madre entró en una carnicería y se encontró con dos señoras de distinguidas familias coruñesas. «A los rojos hay que hacerles picadillo, hay que matar hasta la semilla», gritó una de ellas. El oro de Moscú Nos decían que vivíamos del oro de Moscú, que teníamos conexiones con contrabandistas y tonterías parecidas. Su familia lo quería, pero era la oveja negra, un apestado social. José tenía dos hermanos en la Falange. Pasamos a vivir en casa de mis padres, con mis abuelos, hasta que murieron, y con nuestros cuatro hijos, Carlos José, Inmaculada, Jorge y Margarita. La represión se extendió a todos los que vivíamos en aquella casa. Yo me quise anotar en la Escuela Superior de Magisterio, pero no me dejaron. A mi papá lo postergaron en su trabajo. Era apoderado general del Banco de La Coruña. Dos de sus compañeros fueron paseados . A él lo vejaban: «Los viejos tienen que jubilarse, y más si son rojos», le decían. Humillación laboral José quería volver a trabajar. Los amigos lo matricularon en Ourense y en Lugo, pero no le dejaron ejercer. En 1959, por fin, fue conminado a regresar a la carrera, en la Audiencia Provincial de Pontevedra. Volvió como el último del escalafón, como si acabase de entrar. Así lo humillaron. Jamás ascendió. Lo aceptó: no le quedaba otra. El fiscal jefe era Conde Pumpido, que lo trató muy bien. La persecución continuó hasta el mismo día de su muerte, en 1965. No fue velado en la Audiencia, como era costumbre, sino en casa. En el Valle de los Caídos Una vez muerto Franco, me empeñé en ir al Valle de los Caídos. Mis hijos no entendían mi afán, pero me acabaron llevando. Me detuve ante la tumba del dictador. Había una señora llorando ante ella. «¿Usted también viene a verlo?», me preguntó. «Vengo a verlo, sí, a ver si está bien enterrado». Eso le dije. No debería dar nombres, y no lo voy a hacer. Los muertos ya están juzgados; los vivos, bastante tienen con aguantar su mala conciencia. Aún sigue habiendo gente mala ahí fuera. Los veo a veces. A mis 85 años, conseguir una calle para mi marido supone una gran satisfacción moral. Sin duda, es el broche a mi vida. Transcripción: Rubén Ventureira