?u trabajo va y viene con la marea. Ella impone el horario. Es vigilante de la ría. Aunque Gerardo Barros prefiere hablar de guardapesca . Porque, realmente, la Cofradía le paga por guardar la pesca de las manos que entran a saco, sin saludar ni pedir permiso, en la arena. Cuatro años le han servido para conocer palmo a palmo hasta dónde bajará el mar en Santa Cristina y hasta dónde romperán las olas en la Torre. Y hasta el rostro -casi siempre son los mismos- del que hurta, ni siquiera a escondidas, el tesoro salado. La ría y los acantilados son sus dos feudos más amenazados, por los que ha dado la cara. El puño furtivo le ha llevado por dos veces al hospital. «Pasamos nuestro miedo», reconoce, y no sólo en la orilla. «Hace tiempo -no olvida- nos venían a buscar a casa, y todo por decirles que coger almeja, berberecho o percebe en veda era ilegal». Gerardo es de los que cree que tiempos pasados siempre fueron peores. «Hoy estamos cubiertos», dice. Guardia Civil, Pesca, Policía Autonómica... facilitan un trabajo del que adora «la libertad de ir allí o allá». Pero que, cree, nunca se acabará. «El furtivo es como el ladrón, siempre habrá alguno», sentencia. No obstante, como quienes comen de la ría -«no los que buscan otros lujos», aclara-, sabe dónde se esconden los cacos. En el arrabal creciente de la Conservera Celta. «Ahora mandan a sus hijos -cuenta- porque si los pillan a ellos les quitan el permes (permiso de marisqueo); cuando les dices algo, te responden que son críos y que están jugando». Va y viene con la marea, pero cree que «esto es una cuestión de educación cien por cien». Y también de mimo. «La gente legal, la que se gana la vida en esto, cuida la ría porque sabe que esquilmar es pan para hoy y hambre para mañana».