El siglo que transformó el corazón de A Coruña

Luis Pousa / Rubén Ventureira A CORUÑA

A CORUÑA

Bancos y fundaciones dominan un paseo del que desaparecieron las casas de galerías

01 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Los Cantones forman un paseo enfermo de literatura y tiempo. Por esta calle deambulaba un tal Pascual Duarte que, antes de ejercer de matón en el Papagayo, se empleó de pinche en la fonda La Ferrocarrilana, en la esquina con la calle Real. Voló Pascual Duarte (gentileza del garrote vil y de las neuronas de Cela). Pero también voló La Ferrocarrilana y, de su bajo, la sastrería Cipriano Torre, «novedades en pañería», según rezaba el cartel de las arcadas. Y se esfumó bajo la piqueta el hermoso edificio de galerías del Hotel Palace y del Café Oriental (en el solar que hoy ocupan la sede de R y del Sporting Club-Casino). Ya no charlan los tertulianos del Café Galicia (en el bajo de la actual Fundación Barrié) ni hay espectáculo en el Pabellón Lino. Hasta el Cine Avenida echó el cerrojo en 1997, tras iluminar con la magia del celuloide las tardes de los coruñeses desde el grisón 1941.Poco queda de las postales del 1900 en la calle de hoy. Ni una sola de las coquetas casas de galerías (cuatro plantas como máximo) han sobrevivido en el Cantón Grande. Se desplomó con esa arquitectura buena parte de la biografía íntima de la ciudad (entre otras casas derribadas cayó el número 5, donde murió Sir John Moore: de aquella epopeya sólo se conserva una placa de mármol en la fachada). El techo de España En el Cantón Pequeño algunos miradores de cristal sí han resistido el azote del urbanismo contemporáneo. Hay inmuebles centenarios en esta acera y en ella se levanta el Banco Pastor, un diseño de Tenreiro y Estellés que en 1925 rozó el cielo de A Coruña. Escandalizó este edificio a un viajero llamado Manuel Azaña, que lo consideraba demasiado pretencioso para una capital de provincias. En aquella fecha era el rascacielos más alto de España, el techo del país. Brotaron las oficinas, los bancos y las fundaciones. Resiste a la debacle el Obelisco, obra del arquitecto Gabriel Vitini. En 1895, relatan las crónicas, se inauguró la columna en tributo a Linares Rivas entre un temporal que hacía volar los paraguas y los sombreros. En el siglo XX el fuste cobró más altura, para evitar que las opulentas sedes bancarias hicieran sombra al monumento. En su veleta aún late el corazón de A Coruña.