Los lunes al sol de Arturo y Roberto

Alberto Mahía A CORUÑA

A CORUÑA

KOPA

13 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Ni es lunes, ni hace sol. Es jueves y hace un frío de mil demonios. En el Inem no hay ficción. Aquí lo que hay son historias atroces, indignantes, normalitas, y ésta es despiadada. La firma Arturo, un parado mayor de cuarenta años. Hace nueve meses llegó la crisis a su empresa y las cosas se enrarecieron. Cuando llegó el «degüello» (lease suspensión de pagos), Arturo, harto, asustado, después de catorce años pateando la calle colgado de la maleta de las muestras, se fue a la ídem con cuarenta y cinco días de indemnización por año trabajado. Y colorín colorado, esta vida laboral se ha terminado. Arturo se ha dejado las pestañas trabajando y ahora lo más que le ofrecen es un contrato de meses por 80.000 de las de antes. En esta situación se encuentran más de la mitad de los desempleados españoles. ?«Al principio te tomas el tiempo libre como unas vacaciones merecidas, luego cuando te das cuenta de que realmente eres un parado empiezas a ver que los sueldos de la calle no son como el que tu tenías, que hay menos empleo del que parece, que haces muchas entrevistas y obtienes pocas respuestas y que la edad es un gran condicionante».Como un desayuno de ortigas le cayó a él ese estudio de la Cámara que dice que este año las empresas no van a contratar a nuevos empleados, que con los que tienen les basta. Arturo se lo tomó mal: «Pues ¿qué quieres que te diga?, que estoy hundido y lo estaré más». Roberto, a sus 46, suma ya dos años de palabras vacías, de palmaditas en la espalda, de mucha sonrisa y mucho amigo que ya no es amigo ni es nada. La depresión es uno de los riesgos de estas personas que, tras dedicar buena parte de su vida al trabajo, se sienten inútiles: «Te levantas por la mañana y te sientes nadie, piensas que la vida se ha terminado, incluso llegas a desear que se termine». Para hacerle frente al problema le dieron pastillas para dormir a un toro de lidia. El resto del tiempo, amén de las noches, que con un parado en casa se hacen más bien largas, se lo pasa destrozado, «mirando a mis hijos con vergüenza».