Los pobres del petróleo

A CORUÑA

Los vecinos sueñan con la caída de su particular «muro de Berlín», el bloque de cemento que ha soliviantado los ánimos de los residentes en la zona

08 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Un muro salvaguarda la integridad urbanística del barrio al tiempo que suscita las iras de los vecinos. Curiosos contrasentido en un barrio, el de la Urbanización Soto, bañado en petróleo. Tampoco es que la llanura de Eirís oculte más oro negro que cualquier desértica meseta saudí. Por su subsuelo discurre únicamente el oleoducto que abastece la planta de Repsol en Meicende. Esa gigantesca tubería lleva ahí enterrada más años que el propio barrio. Hasta da nombre a una de las calles principales de la zona. Sin embargo, sobre ese río de petróleo no residen magnates rodeados de lujo. Es más, mudos testigos del discurrir del líquido que sostiene los países desarrollados son apenas las cinco familias del núcleo chabolista que esperan su realojo mientras las palas trabajan a marchas forzadas en el rediseño del monte de Eirís. Y en ese pulmón verde que ocultará una gran vía circulatoria es donde se esconden las esperanzas de desarrollo y bienestar de los vecinos del entorno de la asociación O Cruceiro. Tras varias semanas pidiendo el derribo de su particular «muro de Berlín», como ellos mismos definen el bloque de hormigón que protege el Oleoducto, los residentes en la Urbanización Soto han conseguido el compromiso municipal de hacer más accesible el nuevo parque, con escaleras y rampa que permitirán salvar con cierta comodidad desniveles no superiores al metro de altura. Por lo demás, el barrio es un ejemplo de mala planificación urbanística. Los coches luchan contra la doble fila con menos suerte que la grúa. La sola presencia de la luz anaranjada provoca una estampida de automovilistas entre las sombrías y desiguales calles del corazón de la Urbanización Soto. Los nuevos edificios se abren paso entre las viejas construcciones. La diferencia de alturas es más evidente que los trasquilones de un peluquero novato y sólo sirve para aumentar la peculiaridad de un barrio que ha crecido como unidad independiente en los últimos veinte años sin más atenciones municipales que la reforma del espacio que hoy ocupa la plaza de Pablo Iglesias, auténtico termómetro del sentir vecinal. Sus calles maltrechas esperan que el nuevo parque de Eirís las saque del olvido. «También somos parte de la ciudad. No queremos ser los eternos olvidados», clama un vecino.