Benito y compañía no viven aquí, pero bien podrían pasarse para ponerse manos a la obra. El corralón de A Gaiteira, uno de los últimos aún en pie, a duras penas, en la ciudad, amenaza con desaparecer. A media mañana de ayer, parte de su techumbre se derrumbó.
11 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.A nadie sorprendió. Ni a quienes -pocos-, todavía malviven en el otrora populoso patio vecinal, ni a los residentes del lugar que conocían -no todos- que un mundo latía al fondo del pasillo. Muchos corrillos cacarearon en el número 32 de la calle Gaiteira, hoy ocupado por sólo diez inquilinos. Todos coincidieron. Era sólo cuestión de tiempo. Nada tiene que ver el corralón de A Gaiteira con la florida corrala televisiva del ñapas . Los años, animados por el olvido, se encargaron de convertir la lluvia en ducha permanente. Desconchados y humedades han tomado el lugar que antes caldeaban residentes. La sequía humana, ya se sabe, abre paso a otras comunidades. Gatos, palomas, ratas y demás bichos que anidan en el deterioro. Espera Pero peor que tropezarse con lo que hacía años se veía venir sin remedio, los cascotes del techo en el suelo, es confirmar lo que se teme: que nadie sabe. Ni quiere saber. Los afectados por el derrumbe, que amenaza con avanzar hasta hacer desaparecer el único acceso a los inmuebles interiores, esperaron todo el día. Avanzada la tarde, nadie -entiéndase por tal, alguien responsable- se había pasado por el lugar. Nada supieron del propietario del grupo de viviendas. Con su tortilla en la mesa, una añosa pareja de pensión pequeña temía echarse a dormir. Como ellos, los demás inquilinos aguardan a que hoy ese alguien tenga nombre, a poder ser con apellido de María Pita, y fuerce el arreglo de sus casas o un traslado a un nuevo hogar.