El pasaje se «amotina» y el comandante amenaza con llamar a la Guardia Civil
30 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Más que vuelo regular, bronca regular. El último del día «casi nunca llega a Alvedro», aseguraba en la medianoche del domingo uno de los más de un centenar de pasajeros del Iberia 516 entre Madrid y A Coruña que, «como siempre» -afirmación acompañada de aspavientos- terminó en Lavacolla. Las casi tres horas de retraso en un Barajas atestado no fueron nada. Un improvisado juego de la silla puso la animación: el que se levantaba, perdía la plaza. Que el dolor de pies, alentado por la demora y la caminata de puerta a puerta de embarque, convirtieron los asientos en piezas de coleccionista. Para remate, los jugos gástricos agriando un retraso que, además de la paciencia, agotó hasta los bocatas del ambigú. Ahí es nada. Hambre y sueño son un cóctel peligroso que sirve el cabreo en bandeja. Pero el colmo no se colma. Dos horas después de lo previsto, rondaban las 22.30, se inició el embarque. Casi treinta minutos después y aún sin despegar, llegó el temido anuncio: el comandante trató de explicar que había logrado que Alvedro retrasase el cierre hasta las 23.45, pero que la prórroga no bastaba y.... No pudo seguir. Como un resorte, el pasaje salió despedido del tedio. Y vomitó silbidos, insultos y recriminaciones desbocadas a voz en grito. No era, está claro, la primera vez que el viaje a Madrid en avión resultaba más largo que en coche. «El día que pongan el AVE -auguró un sufridor- Iberia se puede despedir». Si no mediase la cabina, quién sabe si el cielo hubiese impedido llegar a las manos. Tanto que el comandante -«yo también quiero llegar a Coruña», insistió- advirtió que si el jaleo no bajaba, subiría la Guardia Civil. En mala hora. Hasta el fantasma del Caudillo se coló en la bronca. Los autobuses a la llegada no convencían a nadie y menos a quienes el retraso en el aire les dejaba sin transporte en tierra a Arteixo o Betanzos. «He pagado un billete de avión», clamaba uno. «Yo quiero un taxi a la puerta de mi casa», decía otro. «Lo siento», reiteró hasta la saciedad el piloto-bombero. En esta ocasión, Iberia no se despidió. No se atrevió a decir aquello de que «esperamos que vuelvan a volar con nosotros».