Los vecinos de un edificio acuden a la Justicia para echar a un inquilino

Alberto Mahía A CORUÑA

A CORUÑA

Los propietarios del número 6 de Padre Sarmiento acusan al joven de amenazas y destrozos Tres de las cinco familias que residían en el inmueble cambiaron de domicilio «por miedo»

04 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

A El número 6 de Padre Sarmiento es un quinto sin ascensor. Y el matrimonio del segundo sube las escaleras con el ánimo en un puño porque su vecino del cuarto, dicen, les amarga la vida y los amenaza de muerte. Pese a todo, esta pareja de avanzada edad no se ha mudado a otro barrio. Resiste. No como el resto de inquilinos, que hicieron las maletas «huyendo por miedo de las fechorías de ese joven que nos hizo y nos hace la vida imposible». La queja es del hombre que pide firmas a los residentes de la zona de Santa Margarita desde hace cuatro años para echar del inmueble a Antonio G.?M., el chico del cuarto. Ayer le contaron su calvario al juez. Le dijeron que llevan cuatro años soportando destrozos, amenazas, insultos, pintadas en las escaleras y ruidos a altas horas de la madrugada. El primero en hablar fue el vecino del cuarto. Para decir que «nunca mal le hice, jamás me metí con él y no entiendo por qué nos hace esto». Luego contó algunas de las cosas que le ha tocado sufrir: «Nos quemó la ropa del tendal, rompió varias veces los cristales de la puerta del portal, destrozó los interruptores de la luz, cortó el pasamanos con un machete, y un día le dio una patada a la puerta de nuestra casa y la rompió. También lanzó escombros, basura y botellas al patio de luces». Pintadas La guinda a la denuncia la puso su esposa, quien explicó gráfica y metafóricamente una de las pintadas que dibujó el joven a dos palmos de su vivienda: «Son dos redondeles, con un palo en el medio, y echando» . Quiso decir pene. Los que ya no viven en el edificio, se fueron porque «los gritos y ruidos, a las tres y cuatro de la madrugada, eran insoportables», según la mujer del quinto; «nos daba con la cadena del perro en la puerta», según la del cuarto, y «nos cortó la goma del butano», en el primer piso. El joven aludido, en rehabilitación por consumo de drogas, lo negó todo. Echó la culpa de la suciedad de las escaleras a las obras que se realizaron en el primero, «que eran ilegales y las llegué a denunciar». En cuanto a las botellas lanzadas al patio de luces, reconoció que un día se le cayó una «porque la tenía en la ventana para enfriar». Y negó las amenazas. Dijo que alguna vez le gritó al vecino del cuarto «porque era el presidente de la comunidad y no arreglaba los destrozos que tenía el edificio». Su abogado añadió que «si alguien soporta todos los días martillazos por las obras, de ocho de la mañana a diez de la noche, puede volverse loco. Por eso a veces dijo cosas sin pensar». También afirmó que su cliente «recibió más golpes en la vida de los que pudo dar». Y cree que todas estas denuncias no responden más que a «una maniobra para echarlo del piso». Además: «Nadie le vio hacer nada».