Detienen a un hombre por escándalo público en Concepción Arenal Despertó al vecindario con la música a todo volumen del joven de «Operación triunfo»
27 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La mañana era aburrida como un domingo por la tarde. Quien la animó es un hombre de edad promediada, ligero exceso de peso, velludo, hasta de pelos en las orejas, con ese polo de manga corta que en la brisa de la madrugada gastan los más machos y tozudo como una brújula. Apareció con su coche, a las ocho de la mañana, por Concepción Arenal. Lo aparcó sobre la acera como haría John Wayne con su caballo. Abrió las puertas de par en par, buscó en el salpicadero el último (que es el primero) de Manu Tenorio, lo metió en el radiocasete y pasó de rosca el volumen del aparato. Comenzó el concierto. Peor que eso. Comenzó la pesadilla de los vecinos. Micrófono La mano de Manuel R.S. tomó forma de micrófono, cogió aire en el fuelle de su pecho y dedicó la primera canción a las primeras cabezas que asomaban por las ventanas, que buscaban el lugar del que procedía ese ruido ensordecedor. Pronto advirtieron que en la acera no estaba el guapo de Operación triunfo , sino todo lo contrario. Nadie interrumpió a Manuel durante una hora. Cuando la letra hablaba de esperanza, sus manos tomaban forma de cuenco. Cuando hablaba de reproche, cerraba su puño y lo golpeaba repetidas veces contra el aire. Y cuando Manu reclamaba amor, Manuel se abrazaba. Mientras el malestar de los vecinos crecía como la levadura, Manuel combinaba pases de baile con ejercicios acrobáticos. Tras una hora así, ya no era tanto el ritmo lo que le hacía moverse, sino esquivar al policía de barrio, que llegó al lugar alertado por los vecinos e intentaba convencerlo de que Concepción Arenal no es lugar para conciertos. Manuel atendía a las indicaciones de la policía, pero el garfio de la música le tiraba más. Charlaba amigablemente con el agente, pero a la vez aleteaba la punta del pie con ritmo. Había que parar aquello. Lo primero fue parar la cinta, que hasta el momento cambiaba sola de cara, una y otra vez. Apareció la Policía Local para hacerle un control de alcoholemia y dio positivo. Y sin oponer resistencia alguna, acató las órdenes de los agentes y subió al patrulla. Dos horas después.