MEMORIOSOS

La Voz

A CORUÑA

JOSÉ LUIS GARCÍA LÓPEZ PLAZA PÚBLICA

05 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

«Dícese de los que tienen feliz memoria». Lo que no deja muy nítido el diccionario si lo de feliz quiere decir, simplemente, buena o hace referencia a la bendita selectividad, es decir, a sólo tener memoria de lo bueno, lo que suele hacer feliz. Hace tiempo que he perdido la memoria inmediata: me recuerda el chascarrillo del jubilado que se atribuía el papel de investigador pues, a todas horas, se dedicaba a indagar dónde había dejado sus gafas, su pastillero... Pero sigo conservando la del pasado lejano. Una de las memorias que menos me falla es la gustativa: los sabores no se me despintan, por tiempo que haya pasado. Contaba hace poco que un murciano me había proporcionado el placer de degustar lo que en la huerta llaman parapajotas de limón -he descubierto que también las hay de otros cítricos- y que me habían recordado un viejo y delicioso postre gallego de Carnaval: las hojas de limón. Pues bien, empezó a mosquearme la respuesta negativa de una serie de amistades, incluso más mayores que yo, que, a priori, pensé conocerían. Al fin, mi confidente me confesó que recordaba que las había probado en la provincia de Lugo. Casi al mismo tiempo me aseguraron que «mi madre las hacía». Finalmente, conseguí dos recetas: una de Picadillo y otra de Álvaro Cunqueiro. Puga, con el gracejo que le caracteriza, simula el asombro de las gentes al oír lo de hojas de limón. Será una broma de Picadillo, que asegura a los aficionados al sublime arte del fogón que las hojas de limón son un delicado postre que, con las flores y las orejas, son el triunvirato de postres de Carnaval. La guardia prioritaria de la sinpar filloa, añado yo. En un amoado rico en huevos se mojan hojas de limonero relucientes, dejando libre el rabo y se fríen en manteca de vaca hasta que doren; se espolvorean con azúcar fina y se saborean extrayendo la hoja. Cunqueiro coincide en que las hojas son de «un solo uso», pero reduce a la mitad los huevos y admite que, para hincharlas más, se añada una cucharadita de levadura y se batan las claras a punto de nieve, y, para freir, aceite de oliva. Claro que esto de recordar gustos me trae otras añoranzas de los entrantes de casa de mi tía Fina Lastres que, desgraciadamente, apenas he vuelto a degustar: los berberechos lame lame sobre rebanadas de pan de Carballo frito en manteca de cerdo. Era una cocina de no tirar nada, de aprovecharlo todo, de la que vale la pena ser memorioso.