CÉSAR WONENBURGER CRÍTICA MUSICAL
08 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Se cuenta que cuando Franz Listz dio su primer recital como solista en La Scala milanesa, un espontáneo del público le gritó: «Vengo al teatro per divertirmi e non per estudiare». Algo de esto ocurrió el otro día. Los aficionados gozaron de lo lindo con el arreglo sinfónico del himno del Dépor, que se tocó al final como homenaje a los héroes de la gesta del Bernabéu. Pero, muchos parecieron menos entusiasmados con el resto del concierto, quizá por no haber hecho los deberes. Dice Sofía Gubaidulina, una compositora que parece sufrir de un cierto tipo de incontinencia, a juzgar por la desmesura de su interminable Offertorium, que «la escucha musical no es un momento de entretenimiento, es un recorrido por un largo camino inexplorado, es el riesgo, es la búsqueda». De acuerdo, pero la gente tiene derecho a aburrirse, como ha ocurrido ahora, por más que el violinista Prjevalski «se inmolase» en una interpretación digna de los mayores elogios. La gente entendió mejor a Altube y su pájaro Cacuy, obra interesante, puesta al día de una idea vieja: el diálogo entre instrumento solista y orquesta que crea una suerte de trenzado en el que ambos hablan de tú a tú. Y para acabar con el programa, denso, pero por eso mismo fascinante, necesario, Schönberg; pero aquí los agoreros fallaron. No se trataba del Schönberg detestado por las mayorías, sino el de sus inicios, cuando aún no había rotos amarras y se inspiraba en Wagner y Strauss. En Pelleas et Melissande, el director Pons extremó la dinámica, y la Orquesta supo responder al envite. Algunos aficionados, a la salida, mostraban sien empacho sus quejas por lo arduo de la cita. Orquesta Sinfónica de Galicia Director: Josep Pons. Obras: Altube, Gubaidulina y Schönberg.