BEATRIZ ABELAIRAS TRIBUNA PÚBLICA
20 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Hace unas semanas, el hospital Juan Canalejo anunció de forma triunfal la llegada de un acelerador lineal para tratar a enfermos de cáncer. Es un esfuerzo de 500 millones de pesetas (3.005.060,52 euros) que todo el mundo recibió con más satisfacción que la concesión de un parque o un colegio. Cada vez hay mejores armas para la lucha contra los tumores, gusanos que son como termitas. Por eso merece la pena cuidar la nueva máquina, aunque, si no cambian algunas cosas, el acelerador será un Mercedes para recorrer un camino de tierra. El Juan Canalejo suspende por algunos servicios que podrían ser subsanables con una mínima parte de la inversión total del nuevo aparato. El problema es que los enfermos de cáncer desarrollan una cualidad que les perjudica: nunca protestan y toman cualquier sacrificio como un plato de sopa. Parece que están bien, pero son personas a punto de romperse porque su única salida es soportar unos tratamientos agresivos que destruyen a la vez sus células sanas y cancerosas. Se quedan en los huesos y, con más razón, deberían tener derecho a que les vea un médico enseguida, a no sufrir ante ventanillas incompetentes o a esperar en zonas cómodas. En Coruña, para subirse a la nueva máquina hay que sufrir demasiadas eliminatorias y esperar mucho tiempo. El teléfono que da el turno para las consultas sólo comunica. Como consecuencia, gente que sufre mareos, náuseas y dolor debe desplazarse para conseguir la cita que les quita un servicio telefónico inútil, como reconocen sin pudor desde otro número del hospital. Tras la derrota ante la operadora hay que superar la incertidumbre de la cola. Los que llegan a la ventanilla donde se suplican las visitas al oncólogo deben bregar con una variante de porteros de discoteca. ¿Ahorrarán en líneas y amabilidad para la hipoteca del acelerador? A nadie se le ocurre preguntar. Los supervivientes de la quimioterapia ya saben resistirlo todo. Hasta el gran día del cara a cara con el médico. Otra espera larga, penosa y humillante. Larga, porque puede prolongarse durante cuatro horas. Penosa, porque en el Canalejo los enfermos deben agolparse en un pasillo que es, a la vez, sala de espera. La escena remite a un campo de concentración: una legión de calvos en un corredor, ansiando que una voz pronuncie su nombre. Y humillante, porque los tocados por cánceres varios y leucemia han de hacer sitio, sumisos, al trajín del hospital de día, otra puerta del mismo pasillo-sala de espera, por la que no cabe la máquina. La noticia del acelerador es buena, porque hay por fuerza una máquina vieja que se sustituye: muchas personas no pestañearon mientras la leyeron, pero cerraron el periódico y volvieron a la realidad de la sala-pasillo, por supuesto, sin protestar. Sólo tienen fuerzas para desear que la termita se muera pronto. beatriz.abelairas@lavoz.com