CÉSAR WONENBURGER CRÍTICA MUSICAL
20 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Casi de tapadillo, por el ciclo de música barroca de la Barrié suelen desfilar algunos de los más reputados intérpretes actuales de este repertorio. Ha vuelto a ocurrir estos días con el estupendo concierto que ofrecieron el flautista argentino Pedro Memelsdorff y el clavecinista alemán Andreas Staier. El trabajo de Memelsdorff y Staier no se entendería sin la existencia de la corriente historicista, ese movimiento crucial que, sobre todo a partir de los años 70, ha contribuido a revolucionar los modos, los usos a la hora de interpretar y hasta la percepción que la gente tiene en la actualidad de la música antigua. De ese empeño racionalista, que ha servido para arrojar nueva luz, más pura, sobre unas partituras a menudo maltratadas, se recogen ahora los frutos. Un concierto dedicado casi por completo a la flauta dulce, en otro tiempo, podría parecer monótono, poco interesante. Gracias a la labor de Memelsdorff, y por supuesto también de Staier, se ha comprobado que no. Es cierto que este instrumento no tiene ni la versatilidad ni la variabilidad de un violín; pero su belleza tímbrica lo redime, y esa dulzura e inocencia que se asocian a su sonido, bien tratados, resultan cautivadores. Memelsdorff conoce y domina a la perfección todos y cada uno de los secretos de su interpretación: el preciso control de la corriente de aire, la confrontación de la línea melódica, las posibilidades del fraseo. Su condición de auténtico virtuoso se hizo evidente en los dificilísimos Pasajes en imitación de la trompeta, de Matteis. A su lado, Staier fue el complemento ideal.