Salvador y Merino, antiguo ugetista, fue nombrado por Franco tras la guerra delegado nacional de Sindicatos Pronunciaba ardientes discursos en la plaza de toros, multaba a sus militantes por falta de espíritu falangista o les prohibía la asistencia a funciones del Tenorio, personaje poco representativo del español, por débil y afeminado. Era Gerardo Salvador y Merino, jefe provincial de la Falange coruñesa en 1937.
17 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.CARLOS FERNÁNDEZ A CORUÑA Salvador y Merino se salió pronto de los moldes de obediencia que imponía el Nuevo Estado Nacional Sindicalista. Había nacido en Herrera de Pisuerga (igual que José Antonio Girón) en 1910. En la Universidad, donde se licenció en Derecho, fue militante de la FUE (Federación Universitaria Española) y en los primeros meses de la Segunda República se afilió a la UGT, perteneciendo al ala más radical. Su padre fue alcalde por la CEDA, el partido de Gil Robles. El asesinato, por error, de su madre en un atentado de los socialistas en su propio pueblo, hizo que girase ideológicamente afiliándose a Falange Española. Fue en su época el más joven de los notarios españoles. En 1935 llegó destinado a Galicia, en donde le sorprendió, en julio de 1936, el alzamiento contra la República. Persona combativa, fue de los primeros voluntarios que salieron hacia el frente asturiano para liberar a Oviedo del asedio frentepopulista. A la vuelta, el mando le nombró, en 1937, jefe provincial de la Falange coruñesa. Partidario de Manuel Hedilla, el sucesor de José Antonio defenestrado por Franco, y del general Yagüe, Gerardo pronto se convirtió en el personaje político más popular de la retaguardia gallega. Una de sus primeras medidas fue la depuración de «mediocres y vividores» que se habían afiliado al partido como «salvavidas» ante la nueva situación. Expulsaba por «falta de espíritu», «abuso de autoridad» o «ausencia de compañerismo». Amigo de arengar a las masas, organizó manifestaciones en lugares públicos, como la plaza de toros, congregando a miles de militantes ante los que pronunciaba terribles discursos fustigando al «despreciable capitalismo», a la «burguesía sin ambiciones» y al «marxismo criminal». El falangista se fue otra vez al frente con las tropas nacionales, estando a punto de perecer en 1939 en el hundimiento del mercante Castillo de Olite, frente a Cartagena. Hecho prisionero por los republicanos, fue liberado tras la contienda.