A Lolo le cortaron las alas

ALBERTO MAHÍA A CORUÑA

A CORUÑA

XOSÉ CASTRO

Un hombre disminuido psíquico, condenado a pagar 901 euros de multa por capturar un jilguero El cazador es un hombre de pelo ralo, edad promediada, exceso de peso, manos reunidas y cabeza cuadrada, más el polo de manga corta que en invierno gastan los más machos. Lolo al hablar bautiza palabras. Se ha de estar despierto para capturar todo lo que dice. Bebe y fuma como un morrosco. Habla, siente y hace como un mocoso. Arrastró al monte esa grave disminución psíquica y cazó un jilguero. Lo detuvieron porque el pájaro es el protegido y lo multaron con 150.000 pesetas (901,52 euros).

08 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Si no la paga, Lolo «ja, ja» -así lo llaman en A Silva porque tiene la sonrisa pegada en la boca- tendrá que pasar unos días en la cárcel. Dice que no le importa. Lanza un «pues tendré que ir» acompañado de un golpe de hombros. Un vecino que es un padre para él se hará cargo. Manuel Fernández Souto, de 63 años, vive como un mohicano. Su biografía es un libro de anécdotas. Es un hombre que un día cogió el tren hacia Bilbao sin saber por qué, pasó allí la tarde y regresó a Galicia por la noche. Es un hombre que un día fue a Vigo en bus y regresó a pie. Es un hombre que un día cogió una escopeta, disparó al aire y se lo llevaron al psiquiátrico de Conxo. Es un hombre que un día se bebió agua con detergente y rozó la muerte. Es un hombre que un día acabó en el hospital y fue «la vez que mejor comí en mi vida». Es un hombre que un día heredó una finca millonaria y la despachó por cuatrocientas mil. Es un hombre que un día cogió ese dinero y compró un Seiscientos antes de enterarse que para conducirlo había que tener carné. Es un hombre que un día cumplió trece años y ahí se quedó varado. Con sus pájaros, su Ducados y su Málaga Virgen con aguardiente. Un hombre querido También es un cielo de hombre. De él dicen sus vecinos que «jamás hizo daño a nadie», que «lo poco que tiene lo da», que «tiene un corazón que no le cabe en el pecho». Pero lo que más tiene es devoción por los pájaros. Nadie sabe más que él de esos animales con plumas. En eso lleva dos vueltas de ventaja a cualquiera. Tal vez, porque comparte diez metros cuadrados de vivienda con treinta canarios y jilgueros. Una bombilla cuelga pelada del techo de su casa, en el número 23 de la calle Cances, en el barrio de A Silva. Vive al filo de lo imposible, como los del programa de televisión. Tiene una tele «que no es de plus y funciona cuando le da la gana» y el esqueleto de un jamón sobre la cocina. Lo demás está lleno de jaulas. Y ese amor por los pájaros es lo que le perdió aquella Navidad de 1998. No se echó al monte, sino al polígono de A Grela con tres jilgueros como reclamo y una red atada a una cuerda. Son los aparejos que, alguna vez que otra, tan buen resultado le dieron. Lo confiesa. Cuando lo tenía todo dispuesto para la caza, el Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil lo paró en seco. Le preguntaron de dónde habían salido esos jilgueros y Manuel les mintió. Les dijo que los había cazado. ¿Por qué? «Pensé que si les decía que eran míos iban a pensar que los había robado», responde. Con todo y red lo metieron en el coche y se lo llevaron al cuartelillo. Manuel se quedó sin tres de sus más preciados jilgueros y sin sus aperos de la caza. Y un susto de muerte.