Adiós a los arcones

La Voz

A CORUÑA

PACHO RODRÍGUEZ CRÓNICA Las familias gitanas de Orillamar apuran sus últimos días para trasladarse a las viviendas antes del inicio de las obras José Amaya tiene ocho años y un balón por bola de cristal. Sabe que «el Dépor va a ganar la Liga». Y que tiene ganas de que los mayores «arreglen lo de las casas». A los arcones de Orillamar se les acaba el tiempo. Desaparecerán. Es un empeño en el que, aunque no lo parezca, las familias que allí residen cuentan con más aliados que enemigos. Sus vecinos payos les quieren, y que vuelvan cuando se terminen las viviendas que el Concello les construirá. Pero si a esta historia se le buscan las cosquillas de la nostalgia, no es el lugar adecuado. Todos están hartos de los inhóspitos arcones y quieren viviendas dignas.

03 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Es como un pasillo de un tren con compartimentos donde se inició un viaje de ida hacia la integración social. «Somos gitanos honrados», dicen. El añadido de honrados sobra con mirarles a los ojos porque ellos levantan la vista para inundar de dignidad sus humildes casas. En Orillamar sobrevuela la palabra racismo para explicar el por qué de tanta dificultad parar encontrar un hogar. Hasta ayer, sólo ocho familias de etnia gitana -de las 36 que residen- han conseguido alquilar una vivienda como paso previo para iniciar las obras de construcción de los edificios de protección oficial. Antonio Jiménez Jiménez es el presidente de la Asociación de Vendedores Ambulantes. Ya tiene casa de alquiler. Dos teléfonos móviles funcionan a todo gas para encontrar viviendas para el resto. Mientras, en la tele se oye la voz de María Teresa Campos y una mujer pela patatas de espaldas al televisor. La vida cotidiana se mezcla con la aventura fascinante de ir a vivir a otro lugar. Pero el «no» de los arrendatarios es un disgusto. «No se dan cuenta de que somos gente de bien», interviene Emilio Jiménez Jiménez, que busca, tan sólo, una casa con dos habitaciones. Vendedores ambulantes en su mayoría, muchos de los vecinos de los arcones recorren los rastrillos en los que los payos compran artículos -ropa o zapatos, por poner un ejemplo- a un atractivo precio que parecen olvidar a la hora de alquilarles sus viviendas. Esperanza En la hora del adiós de este barrio sólo tiene cabida la palabra esperanza. Teresa Conchado Jiménez tiene claro que «de pena nada». «Nos da alegría que tiren esto para poder tener algo mejor», añade. Mientras Abraham Amaya Jiménez, de 4 años, corre por el estrecho camino que separa las viviendas, en muchas de ellas se amontonan las bolsas que recogen los enseres rumbo a un lugar aún no determinado. Tal vez, cuando Abraham sea mayor, en la memoria de Orillamar los arcones sean un monumento invisible, recuerdo de la vocación integradora del barrio.