El día del atentado oí pasar el primer avión. He visto luego la trayectoria que hizo, reproducida en un gráfico, y he calculado que, en pleno vuelo, pasó a sólo unos 300 metros de mi edificio. Mi ventana no da a ese lado, sino a la bahía, por lo que no lo vi. Pero el ruido que hizo fue suficiente para asustarme. Así que me marché rápidamente. Cogí el móvil, lo metí en el bolso y me puse a andar. Me fui con lo puesto, lo que se convirtió en un problema en las horas posteriores. Los productos para el aseo personal los pude comprar el mismo día del atentado en una farmacia, pues estaban muchas abiertas en las zonas más alejadas de las Torres. El otro problema era la ropa. Las tiendas de moda estaban cerradas. El pasado jueves empezaron a reabrir algunas. Por esas casualidades de la vida, hay un Zara cerca de mi trabajo. Allí me surtí. Me he comprado un poco de todo, aunque la ropa que había ya era de otoño, y aquí todavía hace mucho calor. Pero me pude llevar alguna falda y bastantes camisas. Durante varios días, hasta que pueda volver a casa, sólo vestiré moda coruñesa.