RAROS

La Voz

A CORUÑA

ALBERTO MAHÍA PLAZA PÚBLICA

25 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

A mi amigo Fernando le ha dado por escalar el acantilado de la Torre por el trecho por donde nadie se atrevía, porque resulta que no se debía. Ignacio, noble e imbécil, hizo espeleología submarina sin causa justificada, en una cueva profunda como un primer beso. El de la moto, José, se ha ido al puente de O Pedrido, haciendo algo más bien rarito que termina en «ing». Todos, a estas horas, los pobres, podrían ocupar el patio de las malvas, con dos docenas de claveles encima. Y eso, con suerte; los hay que no han podido recuperar su cadáver. Gracias a Dios, mis amigos viven y me lo han podido contar los presumidos. Son víctimas de sus propias locuras deportivas del ocio del verano. Estos loquitos, carne de catástrofe del telediario, tienen libre licencia para morir como tengan por conveniente en las aventuras más absurdas, ora intentando cruzar el Atlántico Norte en hidropedal, ora escalando a pelo la fachada del Millenium. ¿Por qué no os dedicáis, amigos míos, a batir marcas menos arriesgadas y a juegos que no tengan de penalización la propia muerte cuando se pierde? ¿Por qué no hacéis una maqueta a escala de la iglesia de San Nicolás con media caja de palillos o vais andando a pie cojito desde la fuente de Cuatro Caminos hasta la calle Barcelona? ¿No os seduce lo mío, tener un whisky en la mano, el periódico en la otra y a mi hija en las rodillas? ¡Qué verano el mío! amahia.redaccion@lavoz.com