CARLOS FERNÁNDEZ HISTORIAS DE A CORUÑA Se llamaba Manuel Villar y La Voz lo dio a conocer en un reportaje Uno de los sueños de los inventores siempre ha sido el motor sin combustible. En los 40, en plena posguerra, donde escaseaba de todo, hubo un pícaro que dijo haber inventado uno que funcionaba con agua y hierbas, ofreciéndole al Caudillo tan revolucionario aparato. Descubierto el timo, el individuo salió de España con la Guardia Civil pisándole los talones. En A Coruña, a principios del siglo pasado surgió un inventor más serio: Manuel Villar. Esta es su historia.
19 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La Voz daba su noticia en su primera página. Aunque el inventor, Manuel Villar, se negaba a conceder manifestaciones a la prensa, el periódico pudo conocer el motor y sus características merced a las personas que habían presenciado, en reducido grupo, las pruebas. Añadía La Voz: «¡Adios empleo del carbón, saltos de agua, corrientes eléctricas, fuerza de vapor y otros ingenios del hombre!». El motor -reseñaba La Voz- era un aparato de relojería. Su funcionamiento se debía a una espiral, que después de enrollada ponía en constante movimiento al motor durante cuatro horas, al cabo de las cuales había necesidad de enrollar aquella de nuevo, en cuya operación, de suma facilidad, se invertían cinco minutos. El acumulador pesaba 700 kilos y albergaba 29.000 caballos de fuerza, o sea, en su desarrollo de cuatro horas daba dos caballos por segundo de fuerza efectiva. La base en donde iba montado pesaba 800 kilos y el cilindro en donde se encerraba el muelle pesaba 300 kilos. En total, con las transmisiones y el aparato de enrollar el muelle, el peso del motor era de dos toneladas. Todo el aparato estaba montado sobre bolas independientes unas de otras y no tenían roce alguno. Lo fundamental -añadía La Voz- del motor era el muelle, que debía de tener un temple especial, habiéndose encargado a Alemania un buen número de ellos. Se esperaba que la duración de estos motores fuese, al menos de doce años. El aparato se ponía en marcha por medio de un freno, el cual regulaba por sí solo la marcha. Para detenerlo, sólo había que apretar el freno. La referida prueba dio mejores resultados de los esperados y las únicas deficiencias en el funcionamiento del motor fueron debidas a haber perdido los muelles el temple. Ofertas El coste del motor se calculaba en 3.500 pesetas, para el modelo de dos caballos; 5.000 pesetas el de seis; 6.000 pesetas el de ocho y 8.000 pesetas el de diez. El inventor ya había construido cinco motores de distintos tamaños. El primero fue en Cartagena, aunque tenía una potencia de un cuarto de caballo. El último, hecho en A Coruña, en los talleres de fundición de los señores Fernández y Compañía, por Julio Wonenburger, era de dos a cuatro caballos. Villar tenía la patente de su invento desde hacía año y medio. Entre las ofertas recibidas figuraba una de una casa suiza y otra de la Sociedad de Inventores de Nueva York, ofreciéndole sus servicios para perfeccionar el motor, aunque fueron rechazados. También recibió proposiciones para marcharse al extranjero y explotar allí su invento, pero las rechazó igualmente. Al final, aún reconociendo la seriedad del proyecto de Villar, el interés por el mismo fue diluyéndose, como otros de parecidos fundamentos.