M. CARMEN LÓPEZ EN DIRECTO Premio de pesca Aquarium Finisterrae
17 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Diez de la mañana. Las gaviotas que sobrevuelan el dique de abrigo Barrié de la Maza no dan crédito a sus ojos: las piedras de la escollera han aparecido sembradas de dorsales azules y cañas de pescar. Los sesenta y siete participantes del segundo Premio de Pesca Aquarium Finisterrae ocupan toda la longitud del espigón, armados con gorras, sedal y fiambreras llenas de suculentos manjares para peces. Entre sus equipos, no hay ni una sola cesta para recoger las capturas. Nada más lejos de su intención que llevar el pez del mar a la mesa. Su objetivo es atraparlo sin daños para que pueda ser trasladado a su futura residencia: la Casa de los Peces. Con cuatro años, algunos deportistas ya dan consejos: «Hay que estar calladito, porque si no, los peces no pican», dice Isaac mientras sostiene una caña que le triplica altura. Quizá algún día, el joven pescador llegue a tener la veteranía de Miguel Ferreira Pita, ganador del concurso. «Creo que soy el participante más viejo», dice. «La pesca es un deporte muy relajante; uno se olvida de lo poco que puede hacer con la pensión», bromea mientras trata de desenganchar el anzuelo de una roca. «Si la pesco quizá también me den puntos». Ni falta que le hacen, porque tras una hora de pesca ya ha capturado algunos de los ejemplares más codiciados: una cabra y dos peces-rey, que le darán trescientos tantos. En el otro extremo del dique, Pilar, una de las pocas mujeres concursantes, no parece tener tanta suerte como el año pasado, cuando pescó un salmonete. «Mi marido me metió en esto. Nosotras debemos demostrar que la pesca no es sólo cosa de hombres», comenta. De las cuentas se encargan los tres jueces repartidos a lo largo del dique. «Cada ejemplar es valorado según la talla y la especie a la que pertenece», explica uno de ellos. «Después de medirlos, anotamos el dorsal del pescador y los puntos obtenidos». Los peces esperan su traslado en los tanques repartidos por el espigón. Fanecas, viejos y lorchos colean, tan frescos, junto a otras especies menos frecuentes en los muelles, como el pez-rey, las caballas y una anguila. El aspecto de algunos pocos advierte de que no llegarán vivos a su destino. «Su supervivencia depende del pescador -explica uno de los participantes-. Es importante cortar con unos alicates el extremo del anzuelo para poder soltar al pez sin que sufra daños». Taxis para peces Dos furgones repiten sin descanso el trayecto del dique al acuario, para llevar a los peces a su nuevo domicilio. «Cuando llegan -comenta Lillo, acuarista de la Casa de los Peces- los ponemos en cuarentena. Se comprueba que no están enfermos y se les acostumbra a comer en cautividad». Un tanque específico en la Sala Mare Magnum acogerá los nuevos inquilinos, de 19 especies diferentes. Allí esperarán a que sus capturadores pasen, un día de estos, a hacerles una visita.