La vida tiene alas en San Diego

R. D. SEOANE A CORUÑA

A CORUÑA

La pajarera celebra su primer cumpleaños con el doble de censo que el año pasado En San Diego reside un monseñor, un cardenal gris y un capuchino. Pero también una viuda dominicana, algunos oriundos de Mozambique, Java o California y muchos, varios, diamantes. Son sólo parte de los habitantes de la pajarera de San Diego, donde el sol despierta los trinos y el revuelo se levanta al desayuno. La familia ha crecido desde que el pasado julio se inaugurara la casa, escaparate de especies que no pueden verse en Europa en estado silvestre y cita diaria para paseantes que conocen de su existencia al final del parque. Faisanes, tórtolas, palomas, patos, pinzones... hasta una cuarentena de animalillos, hasta ahora conocidos por libros o documentales, regalan cada día el espectáculo de vivir.

05 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Los nombres ya proporcionan la primera sorpresa, pero no la mejor. Los paneles que rodean a la pajarera desvelan algunos de los secretos acerca de la procedencia de los habitantes alados de San Diego y mirarlos prende la atención. «Enseñan mucho», dice Manuel Martínez, de Terranova Interpretación y Gestión Ambiental, firma concesionaria del cuidado de las instalaciones y sus residentes. Tanto que para conocerlos mejor se ha iniciado un estudio con anillado de colores para registrar cruces, emplazamientos de nidos, productividad de las parejas, longevidad... Además, en breve se instalará un nuevo panel que informará sobre las novedades en el pequeño reino. La firma cree no sólo en la función didáctica de la pajarera, sino en su capacidad para sensibilizar acerca del cuidado del medio ambiente. El plumaje de las aves -hay palomas punkies, en lenguaje académico crestudas, o vistosísimos faisanes dorados y plateados- es sólo uno de sus atractivos, que crecen a medida que la naturaleza se abre paso: las aves coquetean, se pelean por comer, se roban material de construcción, son arquitectos de nidos, y, sobre todo, crían. Sobreviven según pautas conocidas pero, a veces, proporcionan espectáculos insólitos, como una codorniz macho incubando. O hábitos curiosos, como la del diamante mandarín, que espera tres toques en su puerta antes de salir para dejar que le limpien su diminuto refugio. Desde su apertura en julio del año pasado con un centenar de inquilinos han nacido polluelos y ya son 185 los ocupantes con alas que revolotean en los 950 metros cúbicos de cuidado diseño. Cuando se acerca su primer cumpleaños, la población casi se ha duplicado en esta reserva que además, ha incorporado vecinos nuevos, patos reyes del estanque, para regalar un ballet acuático a quienes se detienen ante la cristalera. El baño de lluvia interior, por ejemplo, es un recreo cuando aprieta el calor. Código ético La pajarera tiene código, y no de barras, sino ético. «Las 36 especies nacieron en cautividad», explica Martínez. Y la misma rigurosidad se sigue en un cuidado que incluye menú de cinco tenedores: grano, insectos, gusanos, verduras, frutas... una dieta variada y adaptada a las necesidades de cada época y animal.