La escasez de ayudas condiciona a las familias de las personas afectadas por patologías degenerativas Mari ya no puede ni llorar. No se acuerda. Su familia lo hace por ella. Como caminar, hablar, acariciar... todo lo que hasta hace poco menos de un lustro, cuando el alzheimer se le coló en la vida, llenaba sus entonces 47 años. El mal llegó disfrazado de despiste para arrebatarle pasado y futuro, borrar recuerdos e ilusiones y convertir su historia en la de quienes la rodean. No hace tanto, miraba la foto de Lara, su bebé, y curvaba los brazos para mecer una nana. La misma Lara que ya cumplió los 23 y, ahora, no reconoce. Porque apenas mira ya. El adiós, a veces, podría parecer incluso más justo. Pero Mari siempre será presente, como un espejo que cualquier día nos devuelve su imagen.
05 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.José, su compañero de fatigas de emigración y marido desde casi niños, se ocupa del cuidado de Mari desde que algo comenzó a no ir bien. Con Iván y Lara, sus hijos de 23 y 26 años. «Tenía olvidos -explica- y cambios de humor muy bruscos». El alzheimer se escondía entonces tras una aparente depresión. Hoy, el mal la sienta en silla de ruedas y a veces parece conceder la ilusión de una media sonrisa. El día a día fue mostrando la crueldad de un deterioro que galopaba sobre quien más querían. «Al principio -recuerda Lara- me decía asustada que en el salón había un desconocido: era mi padre». Lara no lo ha asumido y un nudo la aprieta porque ya no recuerda a Mari pintándose, bailando o horneando galletas. Peor es «no saber si sufre». Quizá por eso participa en un taller para enfermos de alzheimer. «Creo que se podía haber hecho más», confiesa. Y no le sirve la compasión. Ser joven, un obstáculo La temprana edad de los primeros síntomas, 47 años, no sólo retrasó el diagnóstico. «Si tuviese 65 -se indigna José- disfrutaría de respiros en residencias o de un centro de día». Pero tiene 52 y para lograr plaza han de pasar primero los de más de 60. Insólito. La única ayuda con la que cuentan viene de Cáritas. La asistenta social regala comprensión, colabora al aseo matutino y por la tarde, al paseo y el batido de la merienda. Una rampa en el portal acordada por los vecinos -«son estupendos, mejor que las amistades, que han volado»- salva la bajada a la calle. La desesperación comparte espacio con la impotencia en el piso de As Conchiñas. Iván apura su trabajo y las oposiciones para arrimar el hombro en un hogar del que ha aplazado levantar el vuelo. Mari era ama de casa con doble jornada. Se ocupaba, con José, de la peluquería que malvendieron cuando a él le empezó a fallar el corazón -cuatro veces pasó por el quirófano- y a ella la memoria. El padre ocultó cuanto pudo el diagnóstico «para que la niña no perdiese el curso». Hoy, despierta muchas noches «para oír respirar a Mari» y el insomnio le acecha con dudas sobre si sus chicos cargarán con una herencia de nombre extranjero.