Un profesor que sabe latín

La Voz

A CORUÑA

ALBERTO MAHÍA EL PERFIL Andrés Durán, presidente del Colectivo Moucho

01 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

El búho es un animal que engaña. Parece dormido pero sus ojos están bien despiertos, siempre en alerta. Como los drogodependientes. Búho, en gallego es moucho. Como el colectivo que lucha por la reinserción y calidad de vida de los drogadictos. Siempre es triste pensar que un hombre no pueda soñar que dio seis pasos hacia alguna parte sin despertarse con la cara contra la pared. Quien piensa eso es alguien que le ha probado a la vida todos sus sabores. Se trata de Andrés Durán, presidente del colectivo Moucho. Tiene cuarenta y tantos años, es profesor de latín y es tarde en sus ojos. Pero su lengua no está muerta. Es briosa, muy generosa. No para. En cuanto a su rostro, parece una sombra de ojos. Sus palabras penetran por los oídos y recorren el cuerpo como una descarga eléctrica. Por como dice las cosas y las cosas que dice, a este hombre debieran nombrarlo secretario general de algo. Se conforma y reconforta con ser presidente de un grupo humanitario de hombres y mujeres con corazones como pianos. Andrés, harto de frecuentar a amigos en los entierros, avanzó por el perfil de la mesa del colectivo Moucho hasta alcanzar la cabecera. Desde entonces, y eso ocurrió hace dos años, ensancha la sonrisa de drogadictos y seropositivos. Pero sus obligaciones no acaban ahí. Desde que su adicción se extendió por la Sagrada Familia como un cantar de ciego, se puso a defender el terreno ganado a la lucha contra la droga, intuir el acecho del caballo y saber resolver las situaciones límite de jóvenes que intentan salir del cerco mortal. Hay muchos. Será cierto lo escrito por Álvaro Cunqueiro cuando sostuvo que el gallego lo primero que hace con un bicho es probar si es comestible. Por lo que se ve en muchos jóvenes, la heroína lo es. Y ahí entra Ándrés Durán, con todo su Equipo A. Lo mismo sacan a un enfermo de la cárcel como limpian de jeringuillas los picaderos de la ciudad u organizan talleres para la reinserción de drogodependientes. Por lo visto hay gente que empieza el día con estas cosas. Se les enciende la luz de la solidaridad en la cabeza y entregan la vida a los demás. Por cierto, dicen sus compañeros que tiene la cabeza demasiado bien amueblada, como si un ebanista tuviera mucho que ver en la construcción de su ADN. Pero esas raras variantes del thriller suburbial no se dan tan a menudo como se quisiera. Para él quiere poco: un café bien cargado y un pitillo negro.