Los inquilinos lamentan el mal estado de sus casas, pero aún resisten en ellas por razones sentimentales y económicas La edad media de los vecinos de la Ciudad Vieja supera los 60 años. Y eso en las casas ocupadas, porque la mayoría presentan ya un evidente aspecto de abandono y desolación impropio de una zona donde la historia y la belleza arquitectónica deberían ir de la mano. Algunos de los dueños empiezan a preocuparse de las rehabilitaciones, pero el problema es el de siempre, el dinero. «Necesitamos más ayudas y menos problemas», avisa el propietario de una vivienda de la calle Amargura ocupada por un inquilino que le paga 3.000 pesetas al mes de renta. «Con eso no arreglo ni una cortina», se queja. Del otro lado están los arrendatarios. Ellos se resignan a la gotera del invierno o al horno de la uralita veraniega. Lo de las reformas es otra historia. «Mira neno, eso háblalo con el dueño», dicen antes de cerrar la puerta de sus ¿casas?
21 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El problema del abandono de los edificios se divide básicamente en dos categorías: las de los que son propietarios y las de los que son inquilinos. En el primer supuesto está Carmen. Ella vive en Capitán Troncoso desde hace más de cincuenta años. «Vine aquí cuando me casé», dice con la nostalgia y el recuerdo de quien ahora vive sola. Su pesadilla son los temporales y el viento. «El Hortensia se me llevó parte del tejado», relata mientras señala las humedades del techo, los cristales rotos y los deterioros que el crudo invierno que llevamos ha marcado en sus paredes. «Sería bueno que alguien, me da igual que sea el Ayuntamiento o la Unión Europea, diese ayudas efectivas. Es evidente que no puedo seguir viviendo así,... Aunque sea lo único que me queda», resume. José López. Es especialista en restauración de muebles antiguos y tiene su taller en el número 8 de la calle Nuestra Señora del Rosario. Como la mayoría de sus vecinos, presume de haber nacido en el corazón de la Ciudad Vieja. Embutido en su batín azul y apoyado en máquinas centenarias heredadas de sus antepasados, resume la desesperación de los vecinos del casco antiguo ante el abandono creciente de los edificios. «Siento estas calles desde el corazón. Por eso me duele más que a nadie esta situación de abandono», musita en su lugar de trabajo, un destartalado bajo donde las goteras se recogen en cubos y el deslabazado aspecto de sus vigas hace pensar que se puede venir abajo. Para José, la rehabilitación es importante, «pero debe hacerse con los debidos conocimientos y una estrecha vigilancia». Él tiene sus motivos para dar la voz de alarma. «Aquí hay gente que está excavando para hacer garages y eso es un error. Estas casas no tienen pilares sólidos y están construidas casi sobre barro. Cualquier modificación del subsuelo ocasiona grietas y desequilibrios en las estructuras más viejas», dice. Como prueba muestra un bajo de la calle Amargura al que piensa trasladar su taller en breve, cuando empiece la remodelación de la actual sede. Es un edificio de 150 años de antigüedad con un estilo moderno y funcional. «Un catedrático de Matemáticas compró el primer piso, pero no ha podido instalarse. Construyeron un garage en la puerta de al lado y las paredes se han resquebrajado. Hemos denunciado a la empresa constructora, pero no nos han dado la razón y el profesor, como muchos otros, se ha tenido que ir de aquí», aclara. Manuel Varela. Es zapatero en la travesía Puerta de Aires. Es de los últimos que ha llegado al barrio. «Yo vivo en Monte Alto y monté el negocio hace trece años. Así desde fuera da la sensación que hay sitios muy abandonados, pero no me quejo», afirma. Su renta es un secreto, pero el taller necesita una mano de pintura. Manuel se encoge de hombros. «Yo creo que está bien así», afirma mientras encola la suela de un zapato. Ángela Castro. Su casa está muy cerca de la iglesia de Santo Domingo y luce esplendorosamente blanca. Asomada a una ventana de aluminio, su queja es el mal estado del tejado. «Nos gustaría arreglarlo, pero cuesta mucho dinero. ¿Qué si he preguntado por las posibles ayudas en el Ayuntamiento? No, pero tampoco creo que sirva de nada. Otros conocidos han ido allí y no ha servido de nada. Todo el barrio está igual, aunque me imagino que hay cosas peores», recita casi de memoria sin perder de vista uno de los escasos rayos de sol que empezaban a asomar en el primer febrero del siglo XXI. María. Al pie de los conocidos chupitos de La Gata, en uno de los lugares más transitados de la Ciudad Vieja, un emblemático edificio mantiene bajo su recia fachada una estructura corroida por el paso del tiempo. En el último piso, las goteras se precipitan sobre una empinada escalera cuyos peldaños encierran más peligros que un paseo por el Amazonas. Hablando de selva, las plantas del rellano reciben riego directo de la lluvia. La luz también entra a raudales a través de una ajada uralita. Los inquilinos prefieren el silencio. «Soy de Chantada y no quiero problemas con nadie. Me gustaría que arreglaran el edificio, pero eso es cosa del propietario. Vivo aquí desde hace 30 años y llevamos varios con este tipo de problemas. Cuando no pueda aguantar más, me marcho y punto», dice María, cuyo nombre es supuesto. Elena. No quiere dar su nombre completo y también prefiere que su casa no salga en las fotos. «É vergonzoso», protesta. Tiene 78 años y vive en un segundo piso con unas escaleras dignas de la torre Eiffel. Los desconchones de sus paredes convierten el pasillo de su casa en una réplica de cualquier casa bombardeada por la OTAN en Yugoslavia. Paga 3.800 pesetas al mes de alquiler y tiene claro que su vivienda ya no se arreglará nunca. «O dono quéreme botar. Dígocho eu, pero non o vai conseguir, porque sólo marcho morta», reta desafiante desde su pequeña figura.