Los vecinos del número 10 de la calle Rafael Alberti reclaman soluciones a las instituciones Ver la luz del día desde la acera de su casa fue un sueño imposible durante una semana para un joven paralítico cerebral que reside en el número 10 de la calle Rafael Alberti, en el barrio de Elviña. La culpa la tuvo un ascensor averiado que dejó aisladas a otras dos familias más. «El elevador está destrozado por varios gamberros. Cambiarlo nos cuesta cinco millones, que no tenemos. Hemos pedido ayuda a todas las instituciones, pero nadie nos ha respondido. Sólo pedimos alguna solución», dice Dolores Cancelo.
03 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Un simple vistazo al portal contagia al visitante de la sensación de precariedad que flota en el ambiente. La apertura automática no funciona y el ingenio popular ha improvisado una rápida solución arrancando uno de los cristales de la puerta exterior para facilitar al personal el acceso manual. La escalera es un lugar oscuro que a media mañana luce limpio. Pero no siempre es así. Hace dos años, la policía desmanteló un importante punto de venta de estupefacientes. Pero muchos drogadictos siguen utilizando el portal del 10 de Rafael Alberti como narcosala. «Aquí es muy fácil encontrarse vomitonas, jeringuillas, papel de plata, gente pinchándose,... Hemos presentado denuncias de todo tipo, pero poco más podemos hacer», asegura Dolores Cancelo. Ella, como sus vecinos del primero, lleva más de 25 años en el edificio. «Siempre hubo gamberradas, pero ahora la cosa es mucho más grave», afirma compungida sin perder de vista a su hijo, Suso. El chaval, equipado con su prenda favorita, un chándal con el escudo del Dépor, tiene que desplazarse sentado en su silla de ruedas, por lo que precisa del ascensor para abandonar el cuarto piso en el que reside. El elevador que le transporta al mundo real perdió la fuerza el pasado sábado y sólo ayer pudo entrar de nuevo en servicio. El aparejo ha sufrido el castigo de los años. Pero también los vaivenes de muchos gamberros. Madera destrozada, techos quemados y un suelo que desprende un olor nauseabundo es el único medio que tienen Suso, Mari Cruz, la vecina del primero, y un tetrapléjico que vive en el tercero para poder salir a la calle muy de vez en cuando. «Dependemos de que el ascensor funcione. Por eso pedimos ayuda. El encargado del mantenimiento ya vive casi aquí, como quien dice, pero el ascensor ya no da más de sí», revela Dolores Cancelo. Por eso, han escrito a diversas instituciones, «pero sólo nos ha respondido el Defensor del Pueblo». No es que su respuesta los haya consolado mucho. «Dijo que estudian nuestro caso y que ya tendremos noticias, pero mi hijo necesita salir a la calle todos los días», reclama Dolores.