Joselito cortó dos orejas y salió por la puerta grande, que el presidente negó a José Tomás Tercera de feria. 4.000 personas en los tendidos, según la organización. Toros de la ganadería de Zalduendo, bravos y repetidores, aunque flojos y carentes de trapío. José María Manzanares: oreja; ovación y saludos. Joselito: dos orejas; ovación y saludos. José Tomás: ovación y saludos; oreja y petición abrumadora de la segunda con bronca al presidente.
05 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Tras el sopor llegó el éxtasis. Fue un viernes de resurrección, el reencuentro con las esencias de la tauromaquia tras la petarda tarde del jueves. El toreo soñado, el de pata negra, se dibujó en el albero. Lo trazaron, con suaves pinceladas de torería, los maestros Joselito y José Tomás. El Cossío, que es letra, se hizo imagen en A Coruña. Algo más que toreo interpretaron los Josés. No fueron faenas: fueron coreografías, una sucesión de carteles taurinos, tratados de torería. Los más puristas dirán que los toros no eran unos Victorinos, que andaban justos de trapío. Y tendrán razón. Pero es que el Coliseo no es Las Ventas, aunque lo pareciese a última hora, cuando el presidente denegó la segunda oreja a José Tomás. El cartel olía a torero puro, a Chanel torerista. Y pronto se sintió el buen aroma: Manzanares se gustó en su primero. Entendió al toro, pronto en la embestida, y ligó los muletazos, algo inédito tras dos tardes de feria. Con el trapo alto, para que no besase la arena a cada muletazo, lo toreó con el gusto que lo caracteriza. Una estocada entera al encuentro fulminó al toro y cayó la primera oreja del día. Cubierto el expediente, se relajó en su segundo: no se llegó a acoplar a un toro que tenía más potencial del que le detectó el maestro. Como en casa Joselito lidió de cine a su primero. Las chicuelinas al paso con las que llevó el toro al caballo fueron el preludio de una faena de muleta preciosa. Toreó el maestro como si estuviese en el salón de su casa, en zapatillas de las otras, y se le apareciese un toro de litografía encima de la alfombra. Cómodo, a su bola, como si en vez de para el público lidiase para él, el madrileño ligó naturales y derechazos con pasmosa facilidad. Bellísimos los circulares, maravillosos los remates, poderosa la estocada entera. Tan maravillosa faena se la brindó a su amigo José Luis Herrero, segoviano afincado en A Coruña y propietario del pub Chic. «Por nuestra vieja amistad», le dijo Joselito antes de tirarle la montera. Su segundo fue un toro bronco. No tenía chicha, pero Joselito lo fue enseñando y, en la última tanda, le pegó, bien cruzado y al ralentí, tres soberanos naturales. Lo despachó de una estocada caída tras escuchar un aviso. José Tomás se vio de entrada con un toro acróbata, que hizo el pino tres veces. Atolondrado llegó el astado a la muleta, donde el diestro lo sometió con la zurda. No se llevó la oreja porque recurrió a la suerte contraria y pinchó dos veces antes de fulminarlo con la natural. Al segundo le dio una sucesión de naturales templados, sosegados y perturbadores. Tomás ralentizó el tiempo. Llegó ese toreo, el de verdad, el de toda la vida, a los tendidos. Enloqueció el público de emoción tras la estocada entera. Toleó el presidente, que denegó la segunda oreja mientras la plaza gritaba «torero, torero».