Las 65.000 piezas del mejillón

Los científicos descubren en su sistema de genes el secreto de la resiliencia del bivalvo


redacción / la voz

Aguanta horas bajo un sol de justicia, a 30 o 40 grados, sin beber agua alguna, para después soportar otras tantas sumergido en ella a temperaturas bien distintas y sobrevivir. Es capaz de tragar sin inmutarse residuos químicos, biológicos o agentes contaminantes de diverso tipo y salir indemne. Con sus músculos puede sostener en el aire a 30 de sus iguales sin que se precipiten al suelo. Se inmuniza cuando le ataca dos veces el mismo patógeno y tiene poderes antivirales, antitumorales, cicatrizantes e incluso podría colaborar en la lucha contra el covid-19.

No, no se llama Clark Kent. Ni tampoco Tony Stark o Bruce Wayne. Se llama Mytilus galloprovincialis. Mejillón, para el común de los mortales. No es ningún superhéroe, pero sí un superorganismo marino sorprendente y extraordinario. «La bomba». Y lo dice alguien que lo conoce bien, Antonio Figueras, quien se ha pasado nueve largos años hurgando en sus entrañas y más allá. Rebuscando en su ADN para descubrir sus secretos. Sobre todo, el de esa increíble resiliencia, esa capacidad de supervivencia, adaptación y de esa inmunidad al estrés que lo hacer reponerse a las adversidades y que incluso ha hecho que le cuelguen la etiqueta de especie invasora.

Y de tanto buscar, han dado con la clave. Investigadores del CSIC, con Figueras al frente, y de la Universidade de Vigo, dirigidos por David Posada, han desmontado las piezas del mejillón. Y al secuenciar el genoma de la especie han descubierto que es su particular sistema de genes el que le proporciona esa extraordinaria capacidad de resistencia.

El puzle del mejillón tiene más de 65.000 genes, más del doble de los que se encuentran cuando se desmonta a un ser humano. Pero el verdadero secreto no es la cantidad, sino que el del bivalvo es un pangenoma. Se ha descubierto en algunas gramíneas, microalgas y hongos, pero es la primera vez que se encuentra y describe en un animal. Eso quiere decir que no hacen falta todas esas piezas para construir genéticamente un mejillón. Llegan con 45.000, que son las comunes, las que se encuentran en todos los Mytilus galloprovincialis, pero hay otra serie de elementos (léase genes) prescindibles, que pueden aparecer o no, que no todos los individuos comparten, y en los que, precisamente, reside el secreto del superorganismo marino. Porque esos 20.000 genes prescindibles son los que proporcionan ventajas evolutivas que mejoran la capacidad de migrar a nuevos nichos ecológicos y expandirse. «Es posible que la arquitectura pangenómica del genoma del mejillón proporcione una ventaja selectiva para su población», dice Figueras.

Cosmopolitismo

He ahí la clave del cosmopolitismo del bivalvo: «Tras analizar las funciones de esos genes, creemos que es una estrategia evolutiva que les permite adaptarse a todo tipo de circunstancias. Los mejillones son unos bichos durísimos, prácticamente no hay ningún sitio con clima templado donde no haya mejillones», apunta David Posada.

Cosmopolita... y diverso. Tanto, que es como si en una misma piña hubiese un ciudadano de Manhattan, un vecino de Adís Abeba, un nativo de Pekín o un flemático londinense. «Son todos mejillones, pero en esa piña hay concentrada más diversidad que en todos esos lugares del mundo; entre un individuo y otro hay unos 5.000 genes de diferencia», explica Figueras. El asombro se comprende mejor si, como explica el científico, se atiende a que entre un individuo de Etiopía y uno de Escocia, la diferencia genética es menor del 1 %. Entre los mejillones de una misma piña esa diversidad es del 20 %, aclara Figueras, que sostiene que el mejillón todavía depara más sorpresas.

Un superorganismo marino que bien merece un Instituto del Mejillón en Galicia

El trabajo que han realizado el CSIC y la Universidade de Vigo -con la colaboración de científicos de las universidades italianas de Trieste y Padua, además del Instituto de Biología Evolutiva y el Centro Nacional de Análisis Genómico, que coordinaron el ensamblaje y secuenciación del genoma- ha sido publicado en la revista Genome Biology y de él se ha hecho eco la revista Science, que da cuenta del extraordinario descubrimiento al que, explica la reseña, se ha llegado casi por casualidad. «Que un animal tenga un 20 % distinto su genoma que otro de su misma especie es inaudito. Al principio pensamos que era un error, pero al final pudimos comprobar que era cierto», expone el científico David Posada. Claro que, «el azar afortunado suele ser casi siempre el premio del esfuerzo perseverante», dice Antonio Santiago Ramón y Cajal.

Dependencia socioeconómica

El investigador del CSIC cede el protagonismo de ese hallazgo al objeto de estudio. Un organismo sorprendente que, a su juicio, bien merecería en Galicia un Instituto del Mejillón. Ya no solo por su interés comercial y la dependencia socioeconómico que el bivalvo genera. También están sus poderes farmacológicos, gracias a sus moléculas con actividad antibacteriana y antivírica, que protegen frente a virus de distintas especies, incluidos algunos humanos. «A veces se va a buscar antitumorales al Amazonas o al Caribe y a lo mejor muchos están en nuestras rías y en el mar que nos rodea», apunta Figueras.

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