Siempre hubo ejemplos de modestos encumbrados por su propia humildad. Es como una simbiosis de rebeldía y fortaleza mental frente a los poderosos. Y esa rebelión brota cada vez que se conjugan ambas premisas. El fútbol no es una excepción a la regla. De un Éibar con un largo historial en Segunda hay una prolongación milagrosa hacia el grupo mayor de la élite. Es ese Olimpo inalcanzable para la mayoría, y solo al alcance de aquellos modestos con alma de héroes y carentes de complejos. En ese compendio de humildad y pragmatismo, surge el desparpajo de los humildes sin complejos de inferioridad, que miran a sus rivales a la cara y, sin perderles el respeto, les retan de tú a tú. Administran el éxito momentáneo con la sabiduría del que la tiene, pero solo la exhibe cuando la precisa, porque es un gran administrador de esas oportunidades únicas que le ofrece el destino. Y no lo desprecia, sino que se abraza a él en un acto que disfruta como pasajero, con la esperanza limitada de su prolongación finita.
El Ribadeo es un ejemplo presente de esa filosofía. Con uno de los presupuestos más modestos de la categoría, se encaramó al bronce nacional en el milagroso ascenso reciente. Y ha cubierto un calendario próximo al final a dos puntos de la promoción de ascenso. Esa es su realidad, cuando la permanencia ya formaba parte de su propio objetivo milagroso, y la ha superado de largo. Ahí es nada. En ello mucho tiene que ver la filosofía, concepto y preparación de un estudioso profundo del fútbol y su estrategia, como es Manolo Vilachá, a la sazón parte de la bicefalia técnica que comparte con Germán Campos en el banquillo del equipo de A Mariña.
Si el Ribadeo está haciendo y agrandando su propia historia como modesto, su rebelión frente a los grandes tiene mucho que ver con Manolo, el amigo siempre pendiente de argumentar su teoría de estilo futbolístico. No siempre los técnicos tienen sus grandes oportunidades, quizás más que merecidas. A Manolo Vilachá le llega por abajo, desde la base, donde alguien algún día podría brindarle otra oportunidad para su confirmación superior. Es cuestión de valentía, como la que tuvo el discutido Caneda cuando rescató del Lugo a Fernando Vázquez para su mejor Compostela.