La botánica y el cancerbero

Carlos Melchor AL OTRO LADO

CDLUGO

El milenario arte de los bonsáis consiste en cultivar árboles de pequeño tamaño, modelando su forma para crear un estilo único e irrepetible. Esta oriental técnica se caracteriza por el esmero en el cuidado de la planta y el mimo del cultivador por hacerla crecer paso a paso, con paciencia, para que finalmente luzca en todo su esplendor. El tiempo y la dedicación, pues, son vitales. El humilde y paciente José Bouso tiene, en el C. D. Lugo, a su bonsái particular. Cuando allá por el 2004 ejerció de salvador de un Lugo en fase terminal, pocos auguraban que aquel árbol moribundo, con apenas un hilo de vida, se transformaría en uno de los más admirados del jardín. Y, sin duda, su denodado y meticuloso trabajo, siempre en la sombra, es el principal motivo por el que nuestro Lugo se muestre tan brillante en la actualidad.

Ya se ha dicho casi todo sobre el monumental fiasco del proceso de enajenación del paquete de acciones en poder de las instituciones. Una sucesión de chapuzas, negligencias y descuidos impropios de algo que pueda ser considerado serio. Una vez más, los principales actores de nuestra sociedad se pegan un tiro en el pie, creando decepción y frustración en una ciudad, ya de por sí, triste.

Si por algo ilusionaba la llegada de Gerard López a la nave rojiblanca, más allá del glamur del mundo de la Fórmula 1 en el que se maneja, era porque no iba a tocar nada en el puente de mando. La fórmula del éxito que nos ha llevado a donde estamos quedaría reforzada y mejorada, para gozar de unas magníficas perspectivas de futuro. Por todo ello, uno no puede dejar de pensar en el sufrimiento y la pena de una persona trabajadora y honrada como el presidente Bouso que ha cuidado esmeradamente del bonsái lucense. Después de la ardua búsqueda de un accionista de garantías, ver cómo su trabajo se derrumba como un castillo de naipes por culpa de un cúmulo de decisiones oscuras y torticeras, duele. Más aún por él.

Sin pretender jugar a ser adivino, y con todo el respeto del mundo, parece que el tren ha pasado y nos hemos quedado imperdonablemente en el andén. Los cambios radicales no suelen salir nunca bien.