La caída en picado de este Lugo que ha entrado en barrena, necesita de un profundo análisis y replanteamiento de los responsables técnicos del club, con su director deportivo a la cabeza. Urgen medidas correctoras cuando aún se está a tiempo, y, sobre todo, ha llegado el momento de aplicar el bisturí allí donde haga falta y caiga quien caiga.
En el feudo del colista el equipo lucense ha ofrecido una paupérrima imagen, incluso de un equipo entregado de antemano y sin recursos elementales que le puedan devolver a una situación anterior. Sobre todo, porque hay muchas formas de perder. Y el Lugo padeció la peor: la impotencia en toda su acepción. Impotencia física para ganar los balones divididos (siempre del Albacete); impotencia para llegar arriba con profusión e impotencia para rematar las escasísimas oportunidades creadas (el mejor artillero, Pita, desde la distancia). Y la peor de todas las impotencias, el coraje necesario (salvo excepciones) para plantarle cara a un rival que, además, tuvo el suficiente carácter para traspasarle a su adversario el traje de colista. Sí, porque salvo un espectador ajeno a la clasificación, cualquiera de los seis mil que fueron al Carlos Belmonte hubiesen afirmado que el equipo lucense era el poseedor de todas las papeletas de farolillo rojo. Sobre todo, además, porque el equipo se ha adocenado en demasía en la supuesta posesión y está olvidando otras obligaciones sagradas como la anticipación y la lucha sin cuartel. Tengo la sensación de que la ortodoxia del toque desde atrás tampoco está servida por un grupo de jugadores con las habilidades suficientes para romper al rival en ataques sistemáticamente estáticos, y que a las defensas rivales hay que romperlas con fútbol más vertical y veloz, porque los ataques del Lugo son demasiado previsibles, horizontales y lentos. Lentos de circulación y ejecución. Para colmo, arriba no hay pólvora y así el equipo, fuera de casa, muestra con mayor nitidez esas carencias. Si, además, te encuentras con un regalo en el primer minuto con un autogol, después de un resbalón de un Seoane en estado lamentable (frente a la Ponferradina dejó solo a Sobrino ante José Juan al final), y que propició con otro resbalón el segundo gol, apaga y vámonos. Pero con todo, lo peor de lo peor, es que con todos esos despropósitos defensivos, el Lugo careció de poder de reacción y eso sí que es más preocupante. Su caída y debacle es un hecho y puede ser hasta premonitoria. El Lugo necesita, al menos, una reacción racial. La que cualquiera tendría por vergüenza torera.