El Lugo ha vuelto a pasar por otra final hacia el título de campeón, frente a un filial del Rayo que nadie diría que vive en la indigencia futbolística. El altísimo ritmo impuesto por los madrileños en el primer tiempo, y su espíritu combativo, más se parecía a un equipo que se jugaba la vida, a un equipo incentivado por terceros. Y no digamos el comportamiento de su entrenador, José Manuel Jimeno, enfrentado todo el partido con una parte del público, en un muestrario de cruces de insultos y cortes de manga, impropios de un deportista obligado a guardar las normas de educación. Impresentable. A ese tsunami, se unió el festival de despropósitos defensivos lucenses, que propiciaron tres oportunidades de oro para los vallecanos, al limbo milagrosamente. Desde un regalo de saque del joven Pita, cuyo uniforme verde denunciaba que le sobra bisoñez y le falta dominio del juego aéreo, como en el gol encajado, aunque en su haber haya que contabilizar una buena parada a un misil de Diego en la segunda parte. El Lugo, desarbolado, con su centro del campo desaparecido y la zaga a merced del rival. Si el 0-3 no subió de chiripa, el 0-1 de Hugo era el mal menor. Ahí radicó la clave. El Lugo salió vivo. Recuperado Marcos (Pita nunca estuvo a su altura), la jugada del penalti transformado magistralmente por Manu resucitó al equipo. No pudo el Rayo mantener el ritmo, y los rojiblancos recuperaron la competitividad. Hasta Setién mostró su cara más conservadora, tratando de abrochar un triunfo de oro, en la previa de la finalísima de Valdebebas. A la que el Lugo acudirá con renta de ocho puntos. No definitivos; sí importantísimos.