El fútbol hace feliz a mucha gente, aunque sea de forma imperfecta. La felicidad completa casi no existe, pero puede rozarse la perfección para verse sumidos sus beneficiarios en un estado glorioso. Los seguidores del Lugo andan sumidos en una situación más próxima al primer apartado que al segundo. Están reviviendo el mismo guión del comienzo de la pasada temporada, cuando el equipo de Setién nos sorprendió venturosamente a todos con un fútbol de enjundia que nos hizo soñar. Lástima que la ilusión se trocó después en pesadilla, con una caída en picado inexplicable en el rendimiento del equipo.
Hasta el anteayer líder, el Leganés, fue incapaz de neutralizar el vendaval lucense, en la primera tarde de temporal meteorológico. Si acaso, salió vivo del Ángel Carro, como indulto de la ineficacia rematadora rojiblanca. Ahí quedó amortiguada la derrota pepinera, y la felicidad incompleta de los lucenses. Como en partidos precedentes inmediatos, de una goleada de escándalo que cerrase una tarde redonda, se pasó al tradicional sufrimiento de una afición entregada a muerte en otra de las contadas grandes puestas en escena de su equipo. Pero a este Lugo le bastó con aprovechar el estado de gracia de su mejor jugador, Tornero, ahora reconvertido a goleador, y la seguridad inédita de su defensa, con Escalona encabezando una actuación sensacional, para frenar en seco a un líder intratable hasta anteayer. Y mostrar al mundo del grupo primero de Segunda B que este Lugo ha presentado formalmente su candidatura a la promoción de ascenso. Borró literalmente al Leganés en un primer tiempo antológico, y su contraataque fulgurante fue penalizado por su ineficacia rematadora. Este apartado estuvo liderado por el infortunio de un Ballesteros enemistado con el gol (pero soy de los que pienso que volverá por sus fueros), y unos sustitutos postreros que tampoco mejoraron para nada a Javi. Espléndido, así mismo, el trabajo de Marcos y Pita, en la contención y creatividad. El Lugo rentabiliza así su escaso poder realizador con la mejoría evidente en su sistema defensivo. Sin renunciar, por supuesto al ataque, donde la producción de su factoría de oportunidades es tan prolífica, que no se corresponde con su eficacia.