La primera impresión, al contemplar el pésimo estado del césped del Ángel Carro, era: el Éibar se encuentra en el escenario soñado. Pero este Lugo no se cansa de deshacer tópicos. Se vistió el mono y cinceló el partido a su antojo en un arranque de solidaridad, mandón, y no dejó a su rival enseñar sus armas. Ganó con suficiencia, empequeñeciendo los intentos de quitarle un balón del que disfrutaban los Seoane, Marcos, Poratti y compañía. Un triunfo para cortar de raíz la mala racha en casa; un triunfo para colocar a los rojiblancos en la cuarta plaza de la Liga.
Tacos bien largos para anclarse al barro. Zocas, más que botas. Camisetas que pesan un kilo antes de que el balón comience a rodar, medias que tienden al marrón. Un océano que se desprende del cielo en una marejada creciente. Incluso sangre, en la ceja rota del vasco Altuna. Ingredientes para un partido épico entre un equipo, el Éibar, acostumbrado al frontón, y otro, el Lugo, a ordenar, a la dictadura de la pelota, pues incluso en las malas condiciones del césped del Ángel Carro, quiso en cada acción mimar el cuero. No pelotazo por pelotazo, sí cambios de orientación, diagonales, fútbol directo con sentido. Las bandas catalizadoras de un torrente guiado hacia los extremos, ante la aglomeración en el centro de los visitantes.
Día D para autoafirmarse
Había una equis en el calendario del Lugo con la visita del Éibar. El día D para autoafirmarse como local, para olvidar en el limbo los tropiezos en casa. Mejor asentados, los rojiblancos arrinconaron aún más a los aculados azulgranas, que se limitaban a sacarse los problemas al patadón. Patapum p'arriba, que diría el otro. Hasta el campo se mostró comprensivo con los de Setién, y concedió una tregua en su reblandecimiento. Todo, para que hicieran viable su propuesta. Y lo consiguieron de golpe. De la mano del que fue, sin lugar a dudas, su principal referente ofensivo. El festival del Lugo se personificó en el despliegue de Mauro Poratti. En todas partes, en todos los momentos de ataque, allí aparecía el argentino. Él ofreció la pared a Arroyo en el pico izquierdo del área para que el madrileño agujerease la puerta por la escuadra. Él se internó en el área para generar el penalti y la subsiguiente expulsión de Piette que acabó con la transformación desde los once metros del 2-0 por parte de Losada. Y suyo, ya en los inicios de la segunda parte, el pase que dejó solo a Tornero para que fuese derribado por Xabier, también en la zona de castigo. El valenciano marcó raso por su izquierda, repitió, y embocó suave, por el pasto, a la derecha.
El Éibar, ¿el líder, o un guiñapo en manos lucenses? Hecho jirones el primer clasificado, reafirmado en su apuesta el Lugo, que demostró su capacidad de triunfar en casa. Los cuatro puntos consecutivos fuera cobraron ayer una nueva dimensión. ¡Ah, y por fin se marcó de penalti!