Sin aparente esfuerzo, y ante un rival endeble como la Real Sociedad B, sumó el Lugo una importante victoria para despedir de una vez los coqueteos con la zona de peligro. Bastó con acciones individuales para romper al conjunto vasco.
A veces, el fútbol, como el deporte, no se guía por las convenciones. Las que sugieren que si existen jugadores específicos para un puesto se coloquen en él. A veces, llega Cruyff y coloca a un zurdo por la derecha y a un diestro por la izquierda. Entonces, en el Ángel Carro, el Lugo presenta una tripleta atacante formada por Arroyo, Poratti y Noguerol, y el interior izquierdo madrileño aparece como extremo diestro, el interior derecho argentino como mediapunta, y el mediapunta de Verín como extremo izquierdo. Entonces, para romper de una vez con todas las costumbres, llega un zaguero, Germán, y se convierte en el mejor estilete. El central de A Estrada, en la primera ocasión del partido, rompió la portería de la Real Sociedad B al aprovechar el rechace de un disparo de Poratti. O cuando remató, también de cabeza, en el primer palo a la salida de un córner; el balón se colaba, pero tropezó con la cabeza de Losada.
Normas aniquiladas
El fútbol es especial porque permite triunfos con las normas hechas añicos. La Real Sociedad B, o el Sanse, como otrora se conocía, disfrutaba de la posesión del balón, pero no conseguía traspasar la línea del medio campo. No tanto por empeño del Lugo, como por escasez de ideas y de voluntad. Más allá de algún balón colgado desde la lejanía, ni una sola inquietud para Viuski, que veía en la distancia las evoluciones de todos los futbolistas, compañeros, o no. Porque el conjunto rojiblanco no sabía muy bien qué hacer con el balón, y el que debería ser su referencia en la creación, Rubén Durán, pasaba demasiado desapercibido.
A veces, hay hábitos que el balompié sí respeta, como que el conjunto con mayor calidad acabe por imponer su porte. Porque si el filial blanquiazul tenía más el balón, algo que se acrecentó en la segunda mitad, también lo perdía a una mayor velocidad y con facilidad pasmosa se lo adjudicaban los rojiblancos. Por eso no extrañaría que las distancias pudieran volverse siderales en el marcador en cuanto el Lugo encontrara un poco más de ambición y mordiente arriba.
Xaime Noguerol tomó esa decisión en la segunda mitad. El partido se había vuelto más ñoño aún que en la primera, y lo sería hasta el final, pues el empeño de los vascos por buscar, aunque fuera el tanto del honor, ni se les encontró. Sólo cuando el verinés accedía al cuero el horizonte mostraba algo más que el ocaso que se contemplaba desde las cinco. Tres ramalazos suyos en la reanudación finiquitaron cualquier posibilidad de reacción donostiarras (realmente ninguna), y retrasaron el reloj del día hasta mostrar retazos de amanecer. Noguerol regaló a Losada el 2-0 para que lo empujara, y su 3-0, cuando se internaba por la derecha (la inercia le devolvía a su puesto) y en el área, sin ángulo, cuando todo hacía indicar que podría centrar, de un toque sutil superaba al meta Ramírez.