FÚTBOL / SEGUNDA B
29 oct 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Benditos los súbditos de Aki Hito, que no se pasan por Ángel Carro. Ahora que el fútbol sacude como un proceso febril el archipiélago japonés, de haberlo hecho ayer para observar a un equipo de camiseta rojiblanca y pantalón azul en el moderno estadio que aparecía en su programa de viaje, el mosqueo podría ser de órdago. Seguro que cerrando todavía más sus ojos rasgados se preguntarían en voz alta: «¿Dónde estar?, ¿esto no ser Lugo, verdad?». Hoy podrían presentarse _cámara fotográfica al cuello, por supuesto_ en la agencia de viajes correspondiente para protestar. La confusión tendría fácil explicación. Fácil, se entiende, para los oídos del modesto españolito, un italiano, un francés o incluso el típico teutón rubio de barba poblada. A ver quién le hace entender en su lengua al Masakiyo Yamashita de turno _el orden de los factores no altera el producto, el José García de Tokio, vamos_ que ese campo es el Ángel Carro y que el que juega como local en verdad es el Lugo. En casos así, el recurso del tour operador es acudir a la diferencia de culturas. Cómo si no explicar el repaso en las gradas del Ponferradina, bueno, la Deportiva, que así grita la hinchada de El Bierzo. Por cada aficionado que apoyaba a la chavalada de Julio Díaz correspondían tres leoneses. Queda claro que la capacidad de arrastre de la Deportiva fuera de la capital de la quinta provincia gallega desborda el predicamento con el que cuenta el Lugo incluso en su propio feudo. En términos numéricos podría hablarse de un millar de aficionados visitantes por ni la mitad locales. La gaita como nexo A falta de los otros dos mil aficionados que son habituales cuando actúa en su feudo, la Deportiva convirtió el Angel Carro en El pequeño Toralín. Sólo los gritos de «Alberto, Alberto» que acompañan el calentamiento del jugador fetiche del ala más radical blanquiazul fueron callados por un impulso puramente gallego. Y no fue precisamente ningún cántico de apoyo. Tuvo que ser la tradicional gaita la que frenase el aluvión de voz berciano. Pero fue tal su efecto disuasorio, que llegó a unir a los dos bandos. «Esa gaita también es nuestra», apuntaba con indisimulado orgullo galaico un maduro seguidor con una bufanda azul y blanca al cuello. El hermanamiento y la paz vocal duró lo que Cascallar tardó en meter el cuero por donde tejen las arañas. Con el 1-2 en el marcador, la euforia ponferradina se desbocó y los olés comenzaron a acompañar los acordes ofensivos del equipo de Saro.