«Soy malo, pero no mucho»

luis lamela

FISTERRA

Solar de los antiguos Arcones de A Coruña, en Orillamar, en una imagen de hace 22 años
Solar de los antiguos Arcones de A Coruña, en Orillamar, en una imagen de hace 22 años Xosé Castro

Recuerdos de aquel niño de 13 años de Fisterra que, en 1969, internado en el Orillamar de a Coruña, fue atado a una silla

21 ago 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

A principios del mes de febrero de 2023 apareció en los periódicos la noticia de que el Juzgado de lo Penal número 3 de Jerez de la Frontera (Cádiz), condenó a dieciséis meses de prisión a un profesor que «ató a una silla, amordazando con cinta adhesiva», a un alumno, para tratar de detener su comportamiento en clase, noticia que me recordó un caso similar sufrido en A Coruña por un adolescente originario de Fisterra.

Dicen las crónicas que allá por el mes de julio de 1969, un niño de trece años, vecino de Fisterra, estaba internado en el centro escolar de Orillamar en A Coruña, en las llamadas Colonias Escolares Nuestra Señora del Rosario, junto con otros sesenta niños vecinos o naturales de O Portiño, Fisterra y Los Arcones de Orillamar, un centro de educación especial para niños difíciles, que constaba de dos bungalós en los que impartían clase cuatro profesoras.

Sobre las seis de la tarde del 30 de julio, una multitud de unas 150 personas residentes en los inmediatos Arcones de Orillamar, la mayoría de etnia gitana, con gran malestar e indignación, asaltaron el colegio y golpearon a una de las profesoras a la que ocasionaron lesiones de carácter leve.

El origen del tumulto tuvo lugar por los gritos de un niño que se encontraba sujeto, con unas cuerdas, a una silla del comedor del centro, personándose de inmediato fuerzas de la Policía Armada para desalojar el local y sus inmediaciones. Y al niño y a la profesora los trasladaron a la cercana Casa de Socorro, de la calle Miguel Servet, apreciando a la profesora hematomas en diferentes partes del cuerpo, y al niño unas ligeras rozaduras en los brazos, ocasionadas por el roce de las cuerdas al intentar liberarse de ellas.

Según la directora del centro escolar, el niño llevaba quince días interno en el colegio y era un tanto «indisciplinado y díscolo», y su comportamiento un tanto anormal y tozudo, con varios intentos de fuga. Por ejemplo, el día anterior al suceso había sido castigado por darle una patada a una de las maestras, y el día del incidente escapó del centro escolar por la mañana con la idea de «marcharse a nado hasta Fisterra».  

Nuevo intento

Por la tarde, a la hora del paseo intentó de nuevo fugarse, motivo por el que, y para «asustarle un poco» —así lo confesó la directora del centro educativo—, fue «atado a una silla durante tres minutos». Posteriormente, el niño de origen fisterrán reconoció que no le habían maltratado, y que solo permaneció «atado a la silla durante poco tiempo».

—«Soy malo, pero no mucho», confesó el muchacho al periodista de La Voz de Galicia que cubrió la noticia, respuesta que quizás pudiese dar la impresión de que no era tan fiero el oso como lo pintaron en principio, aunque sí era difícil imponerle cortapisas.

Microhistorias en aquella España en blanco y negro, si no inéditas, sí del todo hoy olvidadas, que ni estaban bien antes ni lo están ahora ni lo estarán nunca. Pero, lo cierto es que con estas pequeñas historias como este acto de rebeldía del muchacho fisterrán, es como viajar en el tiempo hacia atrás, con intención consciente de recuperar la memoria. No conocemos la identidad del revoltoso muchacho de Fisterra, ni si reside actualmente allí o en otro lugar. Hoy, si es que sigue vivo, tendrá alrededor de 68/70 años y quizás sí lee este texto, lo recuerde: el caso de un muchacho con el difícil equilibrio entre la disciplina escolar y la rebeldía adolescente.

Seguro que la historia continuó, con otros episodios de su infancia y adolescencia, pero nos falta la versión del interfecto. La historia siempre nos deja ciertos vacíos por llenar, y quizás después el joven siguió una vida rutinaria y un tanto aburrida; como un agosto, el mes en el que nunca pasa nada, o una vida que no conoció nunca el invierno.