La calidad de vida actual y los avances de la ciencia médica, entre otras razones, hacen que el promedio de supervivencia se amplíe cada día. Es frecuente y habitual ver hoy acudir a un alcalde con un ramo de flores al domicilio de un/una centenaria para celebrar su aniversario, acompañado siempre por un fotógrafo de prensa para testimoniar el acontecimiento.
Sin embargo, no solo se dan ahora estas longevidades con buena calidad de vida, como en la actualidad se disfruta, o con atenciones médicas avanzadas y tratamientos farmacológicos de última generación. Un ejemplo elocuente de longevidad en otras épocas lo podemos tomar de la fisterrana Manuela Vigo Pequeño, una mujer que falleció en Corcubión en 1934 a la edad de 110 años, una señora con la cara gastada después de una larga singladura y sometida a los embates de la vida, que conservó «la lucidez mental y la fortaleza física hasta los dos últimos inviernos». Manuela Vigo se había casado a los 16 años y dejó 18 hijos y un ciento de descendientes. En esa fecha uno de sus nietos tenía 70 años. En fin, seguro que Manuela no midió el tiempo por el reloj, sino por la nostalgia de la juventud perdida. La que nunca regresaría.