Hoy se cumplen 40 años de la revuelta de As Encrobas, todavía en la memoria
15 feb 2017 . Actualizado a las 12:49 h.«Defiendo lo mío, y eso no es pecado». Entre otras muchas, estas son algunas de las palabras que recogía La Voz de Galicia el 16 de febrero de 1977, haciéndose eco de la desesperación de los vecinos de As Encrobas (Cerceda) y de la revuelta que había tenido lugar el día anterior. Una doble página en la que se abundaba en detalles: «Cuarenta detenidos, 20 contusionados y ocho horas de tensa espera sirvieron para que, al cuarto intento, Lignitos de Meirama pudiese ocupar los terrenos expropiados a los vecinos de As Encrobas (...). Los once detenidos -los demás quedaron en libertad- están acusados de agresión, resistencia y desobediencia a la Fuerza Armada. Entre ellos, el párroco de Sésamo, Ramón Valcarce». Pasarían días en el calabozo.
Hoy, 15 de febrero, se cumplen 40 años de aquellos hechos. En una fría mañana de lluvia y viento, y al lado de técnicos de la empresa, unos 200 guardias civiles llegados de toda la provincia con el fin de hacer cumplir la expropiación decretada en los estertores del franquismo avanzaron hacia el corazón de las tierras que guardaban el lignito codiciado por Fenosa. Por ellos aguardaban un centenar de campesinos, la mayoría mujeres, dispuestos a defender su pan. Empuñaron bastones y paraguas -armas labriegas, en cualquier caso- frente a los fusiles. No se dejaron avasallar. Fue una lucha entre desiguales que acabó aun así por erigirse como símbolo de la dignidad de un pueblo unido en defensa de la tierra, como símbolo de la lucha contra la injusticia.
El conflicto venía ya de unos años atrás (1974), y todavía seguiría después en el tiempo, pero aquella jornada de febrero de 1977 marcó un punto de inflexión. Así, y si bien no evitó que los agricultores tuviesen que abandonar sus casas y sus terrenos, sí les permitió hacerlo recibiendo una compensación superior a la que inicialmente se les había planteado. El suceso tuvo repercusión internacional y llegaron apoyos de muchos estamentos, y de muchos países: «Ata de Xapón», recordaba ayer Manuel Rodríguez Pena, integrante de la primera comisión negociadora creada a mediados de los 70 para tratar con la empresa. Él fue uno de los detenidos. Tenía entonces treinta y pico de años. Por más que hayan pasado cuatro decenios, dice que aquello «recórdalo nitidamente, e colocas cada actor no seu lugar». A la empresa, «como foi sempre, opresora, pois aínda hoxe segue pensando que ten a patente de corso». A los campesinos, «defendendo o xeito de vida que había». Los recuerdos vuelven: «A ferida sempre queda debaixo da cicatriz», dice Manuel. Para él es «indudable» el papel que jugó la rebelión de los vecinos en la negociación: «Foi unha toma de posicións clara. Non quere dicir que co paso do tempo non se tratase de facer doutra maneira, pero a idea seguiría sendo a mesma. Houbo apoios de todo o mundo».
«Non des a esquecemento. Din que as cousas se van borrando, se se lle permite á xente esquecer. Pero nós trataremos de que non se borre da memoria», añade Manuel, por más que solo él y Antonio Bestilleiro queden de aquella primera comisión: «E do resto de persoas, dúas ducias».
El lago que cubre una vida
Las casas de As Encrobas fueron desapareciendo poco a poco (las últimas, ya en los 90). No obstante, los ecos de aquellos enfrentamientos de 1977 todavía resuenan en las conciencias. Veinte años después, en 1997, se inauguraba el complejo parroquial de Pontoxo, construido para reemplazar a la iglesia y el cementerio de Gontón, que habían sucumbido al avance de la mina y fueron trasladados piedra a piedra: «Los vecinos de Gontón estaban dispuestos a dejar atrás sus casas, pero no a sus muertos», contó La Voz en su día. La mina surtió mineral durante 38 años, pero llegó a su fin. En el 2008 comenzó el llenado de la cicatriz, aunque bajo el largo artificial sigue nadando la memoria, la herida.