La piscina de Cee no la quiere nadie (o sí)

Juan Ventura Lado Alvela
J. V. Lado CRÓNICA

CEE

16 feb 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

La piscina municipal de Cee va camino de tener a Valle Inclán de socorrista, a Franz Kafka de monitor de aeróbic y a André Bretón enseñando pilates, porque no hay proceso alguno en relación con su cierre desde abril del 2016, y los demás trámites asociados, que no apure hasta el extremo todos los límites de la racionalidad política y administrativa, si es que a alguna de estas disciplinas se le puede aplicar tal sustantivo. Ya pasó de todo: trabajadores alumbrándose con velas, un sabotaje que nunca se demostró como tal, camiones cargando material de madrugada con la policía vigilante... Pero ha sido en el campo de las tramitaciones donde ha generado más material para el arte del surrealismo.

Este segundo concurso para que alguna empresa se haga cargo de ella -el primero quedó desierto- no podía ser menos. Ayer se acababa el plazo y, una vez cerrado el registro municipal, a las 13.30 horas como reza la convocatoria, tampoco se había presentado nadie. Cabría, por tanto, concluir que, de nuevo, todo ha sido un fracaso y que los concejales ceenses deben inventarse otra fórmula -ya no se sabe muy bien cual- para sacarse de encima un muerto que ya huele. Pero no tiene por qué ser así, es más, probablemente no lo sea, porque cualquier interesado pudo ir a Correos y sellar allí su oferta. Por tanto, no será hasta hoy cuando se conozca, de verdad, si alguien se ha decidido a cargar a cuestas -eso sí con una colchoneta de 80.000 euros al año por si se cae- con la instalación deportiva más importante de toda la banda sur de la Costa da Morte.

«Eu xa teño visto de todo, ata un paisano con dous sobres na man facendo garda diante do rexistro á espera de que pechase. Se aparece alguén presento un e, se non se presenta ninguén, presento o outro», relataba ayer ya con noche cerrada el alcalde, Ramón Vigo, para explicar cómo funciona este mundillo de las licitaciones públicas en las que, el que más y el que menos, esconde sus cartas todo lo que puede para imponerse a la competencia, si es que la hay, porque tampoco está claro.