El primer ataque

ALEJANDRO LAMAS COSTA

CEE

HISTORIAS DE CORCUBIÓN | O |

29 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

FORMADO POR una tropa de mil hombres, en la lluviosa noche del día 12 de abril de 1809 llegó el Ejército francés a Ponte Olveira. El destacamento de guerrilleros allí acantonado fue sorprendido al creer que las tropas que se acercaban eran unidades españolas e inglesas. Tras un breve cruce de fuego, los franceses vencieron la escasa resistencia, tomaron el puente causando las primeras bajas y la dispersión total de la guarnición. A continuación se dirigieron hacia Hospital donde acamparon para hacer noche. En la madrugada del día 13 levantaron el campamento y se dirigieron directamente hacia Corcubión. Al llegar a los altos de la Armada se percataron de que no había ningún dispositivo de defensa en la villa ni en sus proximidades y se precipitaron ladera abajo, sin detenerse, en columna cerrada. Los artilleros que custodiaban los cañones en la cuesta, viéndose solos, los clavaron en tierra y huyeron a la carrera. Siguiendo la consigna «señal de cañón y campana», una vez avistado el enemigo, sonaron a arrebato las campanas de la iglesia de Corcubión alertando a la población. La señal se fue repitiendo de campanario en campanario por toda la comarca. Manuel Barruti (ayudante de marina), que capitaneaba las lanchas cañoneras, ordenó abrir fuego contra la formación francesa. El primer cañonazo fue tan certero que provocó la dispersión de las tropas galas. A esta primera descarga le siguió un brioso fuego desde las otras cañoneras, los marineros lucharon de la forma más audaz, de tal modo que no permitieron a los enemigos entrar en columna en la villa como pretendían, obligándolos a desperdigarse en partidas por las alturas (Taboada y los ingleses ensalzaron la proeza y felicitaron efusivamente a Barruti, aparte de este, destacaron por su valor, Antonio de Leira, Juan de la Traba y Ángel Escaja). Pero a pesar del intenso cañoneo, no consiguieron impedir el avance napoleónico. Fuego intenso Antes del amanecer, los franceses lograron rodear por la espalda las poblaciones de Corcubión y Cee, y se fueron introduciendo en sus calles. Parapetados tras las casas y los muros, durante más de una hora entablaron un intenso fuego de fusilería contra las cañoneras, obligándolas a alejarse; una de ellas, de forma accidental, prendió fuego y sus tripulantes salieron despedidos al mar debido a la onda expansiva de la explosión. En un barco cargado con todo cuanto había que salvar, y que con antelación tenían preparado, Taboada y los miembros de la Junta de Defensa que estaban en Corcubión abandonaron precipitadamente la Villa, junto con sus familias, dirigiéndose al puerto del Pindo. Mientras que cientos de habitantes, tratando de evitar el sorpresivo ataque, huyeron hacia la playa y al muelle intentando subirse a los barcos, a medio vestir, gritando y forcejeando entre ellos en total desorden. Otros corrieron hacía los montes o a lo largo de los acantilados de la ría, escondiéndose entre las grietas de las rocas y en las grutas. Muchos de los que escapaban fueron abatidos por los disparos del enemigo que los perseguían como si se tratasen de una montería. Los métodos que emplearon fueron tan brutales, que vencida la pobre resistencia, dueños de los dos pueblos, quemaron y saquearon sin piedad e hicieron lo que les vino en gana. Derribaron las puertas de las iglesias de Cee y Corcubión, robaron los cálices, candelabros, lámparas y todo lo de valor encontraron; abrieron los sagrarios y esparcieron las hostias por el suelo pisoteándolas, tirotearon las imágenes y las derribaron de sus pedestales, a continuación prendieron fuego a los dos templos. Quemaron los archivos oficiales y eclesiásticos, muchos de los privados ardieron o se perdieron para siempre. Con las cajas llenas de armas que trajera la fragata Loira, que todavía permanecían en Corcubión sin repartir, hicieron una hoguera y, mientras ardían, danzaban con hilaridad a su alrededor celebrando la hazaña. Desvalijaron almacenes y establecimientos, y mientras unos estragaban los pertrechos de pesca, otros en las calles cometían las mayores atrocidades. Asolaron sin piedad, ensañándose y dando muerte a los que sorprendían, mientras violaban a cuantas muchachas les vino en gana. El horror y la confusión aumentaron con el incendio generalizado de los dos pueblos. A los curas de San Adrián de Toba, Mazaricos, y Colúns, después de haberlos fusilado, los cosieron a puñaladas. A una chiquilla de Olveira, de trece años, la degollaron después de haberla violado más de veinte soldados. A una anciana de ochenta y cinco años de edad, en Corcubión, la mataron abriéndole el vientre en canal; a su sirvienta la arrastraron por las calles desnuda, muriendo días después a causa de los golpes y estirones de pecho recibidos. A otros, viejos, niños e impedidos, los degollaron despiadadamente¿ Son cientos los relatos de la época que describen escenas, no menos aterradoras, de la masacre cometida en Corcubión y Cee. Silencio y lamento En pocas horas el puerto se fue quedando desierto, los barcos que huían llenos de gente abarrotaban la ría, navegaban contra el fuerte mar de sur que dificultaba el alejamiento de la costa. Las dos orillas quedaban llenas de hombres, mujeres y niños que imploraban a gritos, de la forma más patética, para que los llevasen. Rematada la tribal orgía de sangre y fuego, el enemigo comenzó a retirarse al mediodía, atrás quedaban los cadáveres repartidos a lo largo de las calles y en las orillas del mar mezclados con los de los animales domésticos. Ahora todo era silencio roto por el rugir de las llamas y el lamento de los moribundos.