Cuando nadie se acuerda de ti

Antonio Longueira Vidal
Toni Longueira CRÓNICA

A LARACHA

05 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Vivimos en una sociedad cada vez más deshumanizada e individualista, donde las relaciones familiares cada vez penden más de un hilo. Personas mayores (y no tan mayores), muchas con problemas físicos crónicos y enfermedades degenerativas, que desaparecen un buen día y a los que nadie echa en falta.

En muchos casos han vivido en soledad gran parte de su vida, en sus casas, en un rural cada vez más abandonado, disperso y estigmatizado. Son personas que no quieren saber nada de los centros de día o de los hogares residenciales. Les tienen verdadero pavor y son muy reticentes a dejar sus casas, sus manías, sus costumbres, sus día a día por algo que les es desconocido. Mayores que viven (más bien sobreviven), en muchos casos con una pensión irrisoria, una Risga o una no contributiva, que no llega a 300 euros al mes, y unos allegados, en teoría próximos y cercanos, que apenas se comunican con ellos. Bien porque se han tenido que buscar las habichuelas en otro sitio, bien porque, sencillamente, los consideran un lastre en su modelo de vida.

Mayores que tienen en sus vecinos a su verdadera familia, que son los que se preocupan por ellos cuando pasan uno o dos días y no tienen noticias de ellos. Me comentaba un día el repartidor Juan Galán, de Panadería Ramiro de A Laracha, que se preocupaba por un cliente si la bolsa del pan seguía en el mismo sitio al día siguiente de haberla dejado y alertaba a los vecinos sobre si le habría pasado algo.

Pero en muchos no tienen ni el apoyo de sus vecinos. Viven literalmente solos, en zonas apartadas y sin que nadie sabe si existen o si precisan de ayuda. Si desaparecen nadie lo denuncia, no se montan operativos de búsqueda y, casi siempre, el resultado es el mismo: muerte en la más absoluta de las soledades. Solo se acuerdan de ellos cuando llegan las órdenes de embargo por impagos de la luz, el agua, la hipoteca o el alquiler. Y cuando se abren las puertas de estos domicilios, allí aparecen los restos embalsamados. Cuerpo putrefactos que llevan meses e, incluso años, muertos. Tirados en el suelo o en una cama. Es lo que tiene que no se acuerden de uno, salvo por el interés (pecuniario claro).

Nada que ver con los casos mediáticos, en los que parece que se para el mundo. Todos se suman a los operativos de búsqueda, tal vez para salir en la foto de rigor. Se pasan semanas buscando y rebuscando. Fuerzas de seguridad, de emergencias, vecinos, familiares, amigos, conocidos y demás familia. Por tierra, mar y aire, con drones si hace falta. Ruedas de prensa, tertulias, programas varios y especiales si hace falta. A la hora de desaparecer y de buscar también existen clases. Es lo que hay y lo que toca vivir.