Queiroga convierte la feria de Paiosaco en la meca de la fabada

Miles de personas se acercaron a la carpa de la entidad para degustar el pataje, que fue servido por 20 voluntarios


carballo / La Voz

Paiosaco (A Laracha) era ayer un hervidero en todos los sentidos. La feria se convirtió en una manifestación culinaria. La asociación Queiroga distribuyó miles de tapas de fabada. Niños, jóvenes y adultos disfrutaron de los cientos de kilos de potaje en un ir y venir incesante, animado por los veinte voluntarios que trabajaron desde primeras horas de la madrugada y hasta bien entrada la tarde como si en ello se les fuese su futuro laboral.

«Está perfecta», decía Manuel Amado, con su ración mediada, aunque por ponerle algún reparo apuntaba socarrón que «se tivese máis carne, comíase igual». Por lo demás aseguraba que «vale para calquera. Non lle cargaron de sal». Vista la avidez con la que se aplicaba la mayoría de los comensales apostados en las diez mesas alargadas cualquiera diría que la fabada fue, un año más, un éxito rotundo. La ración entera

costaba seis euros; la media, cuatro, y la tapa, 2,50. Podía acompañarse de agua, vino, refrescos y hasta cumplimentar la degustación con raciones de jamón y café y chupito, este por 1,50.

Contaba la presidenta de Queiroga, Elena Loureiro, que llevaban desde las cuatro de madrugada al pie del cañón. A esa hora comenzaron a cocinar el potaje en varios recipientes. Cuando brotó el alba ya tenían fabada para servir. Al final de la jornada fueron entre 3.000 y 4.000 raciones. Llevan así 14 años y la fiesta forma parte de la tradición ferial paiosaquista. Unos decenios atrás, el primer mercado de octubre era el de la venta de habas por parte de los labradores. Las alubias reportaban unos buenos ingresos para la hacienda agrícola. Ya no se cultivan como antes. La Festa da Fabada es un modo de recuerdo de esa tradición local y una auténtica masa lo disfruta. Como, Alara y Zaira, dos primas de cuatro años de Larín (Arteixo), se sumaron a la legión de los que se deleitaban con las habas.

Los camareros y demás colaboradores, incluidas algunas niñas, se afanaban en tener servido a todo el mundo. La Policía Local y Protección Civil despacharon el apuro sin problemas en un día en el que reinó la fabada.

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