Cuando convivíamos con las abejas

Ramón Romar

CARBALLO

Una casa con colmenas en su fachada, como era habitual en la Costa da Morte hace años
Una casa con colmenas en su fachada, como era habitual en la Costa da Morte hace años TRINI VIDAL

Mi aldea del alma | Muchas colmenas estaban en la pared de la casa

06 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Es una maravilla todo lo que rodea a este insecto: su organización jerárquica, su trabajo arquitectónico para hacer los paneles de cera y su labor para la conservación de naturaleza.

Recuerdo estos animalitos como muy cercanos, convivíamos con ellas. Hay que tener en cuenta que, muchas colmenas estaban en la pared de la casa, y la puerta de acceso a la colmena daba al interior de la casa.

Nosotros teníamos seis colmenas y un par de cobos, (colmenas altas y estrechas, hechas de tablas). No todas estaban ocupadas. Dos estaban en la pared de la casa vieja, a cada lado de la puerta, y cuatro debajo del «potín do cabazo», donde teníamos varias plantas de hierbaluisa cuyo néctar recolectaban. En la última luna de agosto, era mi padre quien recogía las flores con unas hojas, y las secaba para hacer tisanas.

Cuando hacía mucho calor, se podían producir enjambres que se iban de la colmena y, como en las minas, el que lo encontraba se lo quedaba. Por eso cuando se veía mucho movimiento en la colmena, los niños pasábamos las horas centrales del día vigilando. Si lo veíamos salir avisábamos a la familia, que cogía una sábana blanca y salía en su búsqueda.

La sábana tenía tres funciones fundamentales: saber que el enjambre tenía dueño, rodearlo para que no se fuera y evitar que se cayera al suelo, ya que formaba una bola con mucho peso y podían matarse.

Una vez fijado el enjambre ponían encima un cobo impregnado con miel, y con un palo daban suaves golpes en el cobo para que las abejas entraran. Cuando había entrado más de la mitad, se dejaba de tocar. Al día siguiente por la noche, se cogía el cobo y se llevaba a su destino definitivo, dejándolas en el “cobo” o traspasándolas a la colmena de la pared.

Luego venía la recolección: la castración. El refrán dice: «Si queres abellas castra por Candeas, si queres mel castra por San Miguel». Mi padre lo hacía por San Miguel, dejando la miel suficiente para que las abejas pudieran alimentarse durante el invierno. Esta operación se hacía casi a pecho abierto. Se ajustaban las mangas, se ataban las perneras del pantalón, se ponía un trapo al cuello y se calaba la boina. Las manos y el resto de la cabeza no tenían protección alguna.

Como utensilios usaban una bañera de zinc, para la miel; un cesto, para la cera; dos tejas y la castradera (especie de cuchillo con la punta plana y ancha). En las tejas se hacía una fumarada con carozos de maíz, para tranquilizar las abejas. Antes de empezar el corte, había que ver cuáles de las hermosas celdillas estaban terminadas y selladas por las abejas, o donde vivían.

Luego se calentaban en una olla, para separar la cera de la miel. Una vez desechas las celdas, se pasaba por un paño fino y se guardaba en distintos recipientes.

La miel se guardaba para hacer infusiones con hierbaluisa, para catarros, dolor de estómago u otros remedios caseros. Junto con la linaza, se hacían cataplasmas para los forúnculos, muy común en aquellos tiempos, y para otros remedios. Este “herbolario sin ingresos” se compartía con algún vecino.

La miel era un bien muy apreciado. Así en un arriendo del año 1616, el pago se hacía por: 4 cargas y media de trigo, 2 gallinas, 1 carnero y 2 azumbres de miel. Y en el interrogatorio del Catastro de la Ensenada de 1753, la pregunta 19ª dice literalmente: “Si hay Colmenas en el Término, quántas y a quién pertenecen”.

Con la cera hacíamos velas, muy toscas y de color parduzco. La mecha se hacía de hilo fino de algodón: se doblaba varias veces, se retorcía y se introducía en la cera caliente; se sacaba, se volvía a introducir hasta conseguir el grosor deseado.

Pero lo que sin duda recuerdo con más cariño es el primer panal que se obtenía y que se repartía entre los presentes, que éramos muchos, niños incluidos, a pesar del peligro. Chupar un taco de miel, chorreando por los dedos y hasta los codos, era uno de los pocos y raros manjares que nos podíamos permitir.