El impacto invisible: vivir el autismo desde casa

Isabel García

CARBALLO

ANA GARCÍA

Hay un aumento en la tasa de divorcios en familias con hijos que tienen TEA

17 jul 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Hablar de trastorno del espectro autista (TEA) es hablar de un recorrido en el que no solo transita la persona diagnosticada con sus terapias, sino también su entorno más cercano. Las familias, son quienes viven el proceso con más intensidad emocional, incertidumbre y desgaste. Antes de que llegue el diagnóstico, muchas veces conviven durante años con dudas, preocupaciones constantes y una sensación de que «algo no va bien», sin lograr encontrar respuestas.

Este periodo previo suele estar marcado por una búsqueda incansable: diagnósticos erróneos o confusos, visitas a múltiples especialistas, opiniones contradictorias, etiquetas mal colocadas y, en algunos casos, la negación o minimización de las dificultades por parte del entorno o incluso de algún profesional.

Este largo y tedioso recorrido genera altos niveles de estrés, ansiedad y frustración. La espera de un diagnóstico es dolorosa aunque a veces se siente alivio de poder poner nombre a lo que está pasando. Una vez confirmado el diagnóstico de TEA, las familias se enfrentan a un gran cambio. Se reestructura la dinámica familiar, es decir, se redistribuyen roles, se reorganiza la vida laboral, económica, social y en muchas ocasiones, se posterga o renuncia a proyectos personales. No son pocas las madres (en su mayoría cuidadoras principales) que deben abandonar su empleo o reducir su jornada laboral, lo que supone un impacto económico considerable.

Cambios en las familias

A esto se suman los gastos que implica la atención terapéutica: logopedia, terapia ocupacional, atención psicológica, psicopedagogía... Muchos de estos servicios no están cubiertos por el sistema público o presentan largas listas de espera. La inversión en tiempo, energía y recursos económicos es constante y exagerada, y no siempre hay un acompañamiento institucional adecuado.

En el plano emocional, el TEA puede provocar un duelo por las expectativas no cumplidas, una sensación de soledad y un desgaste relacional que, en muchos casos, deriva en separaciones o crisis conyugales. La pareja deja de ser un equipo y se convierte, muchas veces, en dos individuos intentando sobrevivir como pueden. Las estadísticas muestran un aumento en la tasa de divorcios en familias con hijos con discapacidad, y en el caso del TEA la incidencia es aún mayor.

Además, las conductas disruptivas, los problemas de adaptación o la dificultad para comprender lo que ocurre en casa (sumado a la incomprensión social) genera un aislamiento paulatino. Esto hace que las salidas se reduzcan, los vínculos sociales se debilitan, y que la familia se repliegue. Pocas veces se habla del TEA como factor de vulnerabilidad psicosocial para los cuidadores y, sin embargo, es algo que los profesionales lo sabemos.

Es crucial entender que cuando una familia recibe un diagnóstico de autismo, todo el sistema familiar necesita apoyo, no solo el niño o la niña. Acompañar significa ofrecer orientación, espacios de respiro, redes de contención emocional y políticas reales de conciliación y ayuda económica.

Y aquí debemos alzar la voz.

Sin recursos

Porque lo cierto es que todo esto que las familias necesitan, hoy no lo tienen. La mayoría debe buscar, aprender, pagar y organizarse sola, casi siempre con recursos insuficientes y sin apenas margen para el descanso. El apoyo institucional es mínimo. La red pública no llega, y si lo hace, lo hace tarde y de forma fragmentada. Las ayudas económicas, cuando existen, no cubren ni de lejos lo que realmente se requiere. Hacemos un llamamiento urgente a los sectores públicos, a los responsables políticos y a la sociedad entera, no basta con discursos inclusivos o campañas puntuales de concienciación. Se necesita una inversión real, sostenida y comprometida con estas familias. No pueden seguir siendo invisibles ni tener que demostrar cada día que su situación merece ser atendida.

El camino del TEA no debería recorrerse en soledad. Acompañar también es una responsabilidad social. Deberíamos conseguir una mirada empática, con una formación adecuada y un compromiso social donde se pueda transitar de forma más amable, porque detrás de cada niño o niña con TEA, hay una familia que lucha cada día por comprender, adaptarse y seguir adelante.

Isabel García es logopeda y doctora en Desarrollo Psicológico, del aprendizaje y la salud