Clientes y hosteleros


Media mañana en un bar cualquiera de cualquier aldea de la Costa da Morte. De la docena de parroquianos presentes, siete llevan la mascarilla en el mentón, cuatro juegan a las cartas con ellas puestas y el último llega de la calle sin protección en el rostro ni en la mano ni en ningún lugar visible. Nadie parece sorprenderse, ni siquiera el dueño, que anda ofreciendo pinchos también a cara descubierta. Hay gel hidroalcohólico al alcance de las manos, pero nadie parece percatarse. Fuera, tres hombres fuman en la acera, charlan frente a frente, de forma animada. Cuando terminen los cigarrillos entrarán para terminarse los vinos o la cerveza, con la mascarilla colgando.

Es probable que, como dicen los hosteleros, hayan sido las reuniones familiares las que nos hayan llevado a la tercera ola y es cierto que son el sector más afectado por el covid, pero hay que hacer examen de conciencia y tener claro que lo que ocurre en ese bar de aldea afecta directamente al que tiene ese establecimiento en el que limpian el baño después de que lo use cada cliente y en el que las mascarillas solo bajan en el momento justo de la consumición. El enemigo no está a las puertas ni ha venido de fuera.

Esos parroquianos de la aldea, es evidente, no sienten el coronavirus como una amenaza sanitaria cierta, sino como una justificación para unas normas molestas, que no les permiten seguir con sus costumbres. La mascarilla es una obligación y no un elemento de protección. La llevan, los que lo hacen, porque pueden multarlos y no porque crean que puede salvarles la vida, la suya y la de su entorno.

La hostelería las paga y entre todos las hacemos, pero la hostelería también.

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