La Santa Compaña

Nueva entrega de la sección Mi Aldea del Alma, de Ramón Romar


La Santa Compaña era la leyenda más extendida y popular de Galicia y, por consiguiente, sobre la que hay más versiones, orales y escritas. En mi niñez los comentarios eran cosa cotidiana. La gran mayoría eran de guasa, pero también había quien se lo tomaba muy en serio. Todos hacían referencia a los cementerios, las encrucijadas de caminos o los días de niebla. Los jóvenes cuando estaban reunidos, de noche y a oscuras, contando sus aventuras, si nos acercábamos los niños, cambiaban a la Santa Compaña, y lo hacían de una manera desgarradora, describiendo muertes y desaparecidos, hasta que abandonábamos o quedábamos tiesos de miedo.

Partiendo de lo que había oído y leído la resumía en Ancestros y vivencias como: «Una procesión vagabunda de las almas del purgatorio. El grupo iba encabezado por una cruz, seguida del estandarte, el cubo del agua bendita y el hisopo, la campanilla y, por último, el resto de los difuntos, cada uno con su vela. Si pasaban por cerca de un mortal, le entregaban la vela y tenía que incorporarse al grupo, siendo obligación de todo mortal guardar riguroso secreto. La hora de salida era a las doce en punto de la noche (hora solar), cualquier día excepto los domingos. Los meses preferidos: los lluviosos y cerrados de niebla; y como lugares los tenebrosos, los bosques o arboledas».

También comento en el libro mi experiencia: más de media hora entre dos procesiones, de noche, a oscuras, rodeado de niebla y oyendo rezar y cantar. Esto ocurrió en el mes de septiembre de 1957. Tenía 17 años, y aunque llevaba muchos años tomando a chirigota lo de la Santa Compaña, aquel día me acordé mucho de ella.

Estaba estudiando en A Coruña, y fui a pasar el fin de semana con mis padres. Llegué a Baio de noche, estaba muy cerrado de niebla y sin ningún tipo de luz para alumbrar en el recorrido de 3 kilómetros que hay hasta Fornelos. Para más seguridad, intentaba caminar por el centro de la carretera, que estaba sin asfaltar y llena de baches. Las luces de las casas no se veían hasta que se estaba a pocos metros. Cuando me estaba acercando al cementerio oí unos mormullos, me paré, oí rezar y cantar. Aún no eran las doce de la noche y, aunque había mucha niebla, aquello no podía ser la Santa Compaña. Seguí y, cuando pasé por delante del cementerio, un tanto preocupado, me di cuenta de que los rezos venían de dos direcciones (afortunadamente ninguno del cementerio). Entonces decidí alargar el paso, por si iban por el camino de Cadeiras, y pasar antes de que salieran a la carretera. Pero cuanto más caminaba más cerca los oía. «¿Irán en mi misma dirección?», me pregunté. A un par de metros, vi la silueta de una mujer danzando de un lado al otro. Era una vecina, omitiré su nombre, que era coja de ambas piernas, la que cerraba el grupo. Como para mí seguía viva, me acerqué y le pregunté que era todo aquello. No entendí muy bien lo que me dijo, pero fue un gran alivio saber que estaba entre vivos. Seguí avanzando, hasta encontrarme con mis padres y hermanos. Me comentaron en qué consistía la procesión y me puse a rezar y cantar con ellos, muy aliviado.

Resulta que el papa Pío XII había dado orden de celebrar una Santa Misión en todas las parroquias del mundo, y en Baio fue en 1957. Las predicaciones y los rezos se hacían por la mañana y por la tarde. Tenía mucho éxito entre los feligreses y la concurrencia era muy elevada. Al terminar los rezos de la tarde-noche los feligreses cogían en andas dos imágenes con sus estandartes; una partía hacía Baio y la otra hacia Fornelos. Por eso los primeros rezos y cánticos procedían de la procesión que iba hacia Baio, por el camino de la Cacharosa; y los segundos, de la que iba hacia Fornelos, por la carretera. Las imágenes pasaban la noche en casa de un vecino y, al día siguiente por la mañana, regresaban a la iglesia. Por el camino se rezaba el rosario y se cantaba. Puedo asegurar que nunca participé en las procesiones de la Santa Compaña, pero...

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