Liberio Antelo: «Lo que ganaba acá me daba para un kilo de pan»

Personas con historia | Emigró a Uruguay a mediados del siglo pasado y allí fundó una exitosa empresa. Fueron 24 hermanos y cada año viene a Carballo para tratar de verse con alguno


Carballo / La Voz

«¿Que cómo fue mi vida? Fue preciosa. Siempre pensé en el mañana, nunca en el ayer. El ayer ya no tiene arreglo». Liberio Antelo Agrelo, de 82 años, pasó de la mísera España de la posguerra a regentar un negocio de éxito y presidir el Hogar Español en Uruguay, codeándose con toda suerte de políticos que, en gira institucional por el país sudamericano, hacían también parada en el centro.

Solo miró atrás para echar de menos y querer más a un Carballo al que vuelve cada año para tratar de verse con alguno de los hermanos que todavía le viven. Fueron nada menos que 24, ocho del primer matrimonio de su padre y otros dieciséis del segundo. «En 1982 nos juntamos todos los que todavía vivíamos aquí en casa, hicimos una fiesta maravillosa e incluso algunos vecinos nos hicieron un homenaje».

Su padre tuvo una pensión y su madre hacía trueque con productos como aceite o bacalao para volver de vuelta a casa con patatas o maíz. «Era muy comerciante, una madre divina que trabajó mucho para criar a tantos hijos», recuerda Liberio, que a los once años empezó en una herrería de Carballo al tiempo que era «mozo de bar» por las fiestas del San Juan o en algún domingo suelto. «Eran tiempos difíciles; acá ganaba 20 pesetas, lo que valía un kilo de pan. Fíjate, mi trabajo me daba para un solo kilo de pan. Ya un litro de aceite valía 100 pesetas... ¿A dónde iban los tiempos? Vinieron entonces unos tíos de América y me llamaron a ir con ellos, aunque yo no quería», cuenta.

Ya en Uruguay, a donde llegó en 1955, trabajó como mozo de bar durante algún tiempo. En el bar Galicia, precisamente, que estaba regentado por gente de Buño. Cuatro años más tarde se asoció con un conocido natural de Sísamo para comprar a medias un local, aunque pronto se daría cuenta de que la hostelería no era lo suyo y lanzaría una empresa de compra-venta de hierros que todavía está en funcionamiento y en la que trabajan tres de sus cuatro hijos. «Ya no voy mucho por allí, porque me peleo con ellos», bromea, «las cosas han cambiado, pero yo no. Me respetan mucho, pero al final acaban haciendo lo que quieren», reflexiona.

Junto con su esposa, natural de Goiáns aunque llegada a Uruguay cuando tenía apenas tres años, tuvo cuatro hijos, que le dieron, a su vez, ocho nietos. La familia, lo más importante, según él, le sirvió de apoyo cuando cruzó el charco, pero también hizo que sintiera una inmensa morriña una vez allá. «Para mí siempre es lo primero. Fue muy especial cuando fueron mis padres allá, pero también cuando pude traer a mis hijos a Carballo y enseñarles dónde vivía y la fuente a la que yo iba a hacer cola para traer agua a casa», rememora. «Recuerdo que, en verano, mi mamá nos agarraba a todos y nos bañaba en el río. Lo pasábamos muy mal y éramos muy pobres, pero teníamos amor y mucho cariño».

Hogar Español de Uruguay

Liberio nunca perdió el contacto con la colectividad española y gallega en Montevideo. De hecho, llegó a presidir el Hogar Español de Uruguay, una institución fundada a mediados de los años sesenta para dar cobijo a mayores sin posibles y que ha ido creciendo hasta ser «la institución madre», según él, en el país. Estuvo seis años en la junta directiva, y durante los dos en los que ejerció como presidente llegó a recibir a todo tipo de personalidades, tal y como él mismo enumera: «Vino Rajoy, Feijoo, Manuel Fraga, Touriño y ya en lo último vino también Zapatero. Estuvo también el obispo de Santiago, el presidente de Asturias... Infinidad de personalidades estuvieron por aquí. Fue una época en la que tuve mucha suerte, pues recibí mucho apoyo por parte del Gobierno español [para proyectos con el Hogar]; después ya no tuvieron tanta suerte, pues fue cuando vino la crisis. Me pidieron volver, pero el que sale por la puerta grande no debe volver, por si acaso tiene que salir por la chica», bromea Liberio.

Nunca llegó a desvincularse del todo de la entidad. De hecho, cuando cumplió los 80 años no quiso que nadie le hiciese regalos personales, sino donaciones al Hogar. En agradecimiento, y también a modo de reconocimiento por todo lo trabajado en favor de esta institución, le regalaron por su aniversario un cuadro muy especial. «Lo pintó una señora que no quiere que sus cuadros se vendan, sino que se obsequien a gente que haya hecho algo por el Hogar. Fue un detalle muy hermoso, pues yo fui el primero en recibirlo», confiesa.

También emocionante fue el homenaje que le hicieron los empresarios gallegos de Uruguay, un acto al que asistió toda su familia. Aunque él sigue quedándose con lo esencial: «Yo no digo que vengo a España, yo vengo a Carballo».

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