La tragedia de Actakon, hundido por un submarino alemán

Varios tripulantes pagaron con su vida el ataque de los germanos y los demás fueron socorridos


El vapor Actakon, que desplazaba 5.000 toneladas, fue uno de los buques alemanes incautados por el Gobierno norteamericano al principio de la Primera Guerra Europea. Pertenecía a la empresa naviera de Bremen Norddeutscher Lloyd y efectuaba la ruta entre Alemania y América con viajeros. Una vez incautado fue armado por EE. UU. con dos cañones de bastante alcance y además de su tripulación habitual embarcaron un cabo de cañón y 18 artilleros de la Armada estadounidense.

El 24 de noviembre de 1917 el buque navegaba en lastre a la altura de la Costa da Morte, a 160 millas al Norte de Fisterra. Se dirigía a Norteamérica procedente de Burdeos, puerto en el que había alijado 11.000 toneladas de trigo. En el atardecer de aquel día el vapor navegaba con precaución, con el capitán en el puente acompañando al oficial de guardia que inspeccionaba el horizonte. Y, era este, el horizonte, muy corto por la neblina.

Cuando oscureció, a las 19 horas y 20 minutos, escucharon un fuerte topetazo seguido de la explosión de un torpedo. Estaban a 45 grados 53 minutos de latitud Norte y 19 grados y 30 minutos de longitud Oeste. El barco comenzó a inundarse por los sollados y las bodegas. Comprendieron a bordo que estaban frente a un submarino que no veían; que le había atacado por la borda de estribor y el torpedo tocó al Actakon muy cerca de la popa. De inmediato pensaron en utilizar los cañones, pero el buque se hundía, y además nada veían a su alrededor. Sin embargo, al poco rato observaron que habían arrojado al agua una luz que pretendía sirviese de falso blanco a los cañones del buque.

Nada podía hacerse

El capitán comprendió que nada podía hacerse y ordenó el salvamento. Arriaron cuatro botes en los que entraron los 83 tripulantes, entre ellos seis españoles, de los que tres eran gallegos. Cuando los botes avanzaron desorientados por la oscura superficie del mar en busca de tierra, salieron a su encuentro dos embarcaciones del submarino con algunos tripulantes armados e hicieron retroceder a los náufragos del Actakon para poner mar por medio, y correr cada cual su propia suerte. Pero los alemanes consiguieron detener a dos de los botes y llevarlos al submarino, en tanto los dos restantes lograron alejarse. Dentro de navío alemán identificaron a los tripulantes españoles, que fueron agasajados con cigarros y unas copas, en tanto que varios norteamericanos fueron obligados a transportar al sumergible provisiones que llevaba el barco torpedeado.

El Actakon se hundió tras cinco horas de agonía y los alemanes dejaron en libertad a todos los náufragos, que ocuparon de nuevo los botes. La navegación de uno hasta tierra no fue penosa en un mar encalmado, aunque el frío era intenso. Invirtieron en la travesía hasta la rada de Fisterra cincuenta horas. Utilizaron las velas del bote. Llegaron a la una de la madrugada y desembarcaron en Fisterra 21 tripulantes. Al día siguiente fueron trasladados a Corcubión. Poco después, otro de los botes arribó a Camariñas, con 21 tripulantes también. Excepto dos que sufrieron heridas, los demás llegaron en buen estado y fueron alojados en fondas y casas particulares mientras el cónsul norteamericano en A Coruña no tomaba la decisión de trasladarlos a la ciudad herculina.

Pocos días más tarde, una tercera embarcación alcanzó la costa asturiana. Y el último de los botes anduvo varios días a la deriva entre las aguas y el cielo, sin oír más ruidos que los del mar. Con ojos cansados de atalayeros y el frío y la humedad metida en los huesos tomaron como guía la luz del faro Vilán y los perfiles de su costa, rotundos, negros y poderosos, y arribaron en sus inmediaciones rocosas y pegados a los bajíos, en la madrugada del 6 de diciembre, 12 días más tarde del hundimiento de su buque.

De los 24 tripulantes que abandonaron el buque, en su mayor parte artilleros, fallecieron tres los días 4 y 5 de diciembre. Sus compañeros tuvieron que arrojarlos al mar. Fueron días de sonido a mar y sabor a sal en la boca. Cuando llegaron al Vilán estaban extenuados, rendidos por el cansancio, hambrientos, sedientos y barbudos. Fueron alojados en las viviendas de los fareros mientras su salud no mejorase, para poder conducirlos a Camariñas y enviarlos después a Coruña, en donde ya estaba el resto de los tripulantes. Fueron socorridos en las propias dependencias del faro y atendidos por los encargados y empleados y por el médico municipal, Tomás de Artaza. Les llevaron desde la capital camariñana alimentos, ropas y calzado. Y una vez recuperados, 15 de los náufragos se trasladaron en carros a Camariñas, para atenderlos las autoridades locales y los vecinos. Los instalaron en fondas y casas particulares en tiempos difíciles y oscuros y marcados por la miseria.

El joven John Thomas Moran dejó su vida en Camariñas

La evolución de los atendidos en las instalaciones del faro fue favorable, pero uno de los trasladados a la capital municipal, un joven de 18 años, marinero de segunda clase y perteneciente a la guardia armada del Actakon, John Thomas Moran, falleció el 11 de diciembre. Las inclemencias climáticas de los doce días que perduró la travesía le causaron unas anginas tan enormes que, con otras complicaciones pulmonares, le llevaron a morir. Fue enterrado en un nicho del cementerio de Camariñas el día 13 del mismo mes de diciembre.

Poco más de cinco años después, el viernes 20 de abril de 1923 llegaron a Coruña varios marinos de guerra yankees: un teniente de la Armada, jefe del Registro de Tumbas en Francia, acompañado por dos suboficiales y un capitán retirado, con el fin de exhumar los restos de John Thomas Moran y trasladarlos a los Estados Unidos.

El martes 24 de abril, con todos los permisos para la exhumación y un féretro de los usados por la marina norteamericana, se trasladaron a Camariñas con el cónsul y el vicecónsul de los Estados Unidos en A Coruña, colocaron en el féretro los restos del John Moran y lo cerraron herméticamente para enviarlo a Gibraltar, en donde iban a ser recogidos por el vapor de la marina U. S. S. Trinity el 4 de mayo y trasladados a Providence, Rhode Island, de donde procedía el fallecido. En ese último viaje, como guardia de honor le acompañó el suboficial F. R. Alsop.

Funerales

En la villa del Encaixe, y después de la exhumación del marino norteamericano, y con la presencia de los restos de John Moran, el cura párroco celebró los funerales de costumbre y «los habitantes de Camariñas hicieron honores al muerto, colocando una gran corona de flores con las banderas española y norteamericana», según rezan las crónicas de la época.

Y, no sé por qué -o, si lo sé-, recordé a los camariñáns asesinados por los sublevados en 1936: sin honores ni funerales, sin memoria..., y que las instituciones locales no recuperaron hasta ahora ni rostros ni voces de los que sufrieron. En fin, una verdad incómoda para pueblos que construyen su historia sobre cimientos de arena, y su memoria termina arrastrada por el paso del tiempo. Pero, aún hay esperanza...

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