Uno mismo en el espacio de todos


Dicen que la memoria de muchos padres y madres está llena de muchos «yo nunca» desbaratados. Esos «yo nunca» que, cuando uno aún no tiene descendencia, te llevan a decir que «yo nunca le daré el móvil para que coma tranquilo y no moleste a los demás», «yo nunca le dejaré dormir fuera de la cuna», «yo nunca le permitiré pataletas en sitios públicos» y muchas cosas más. Las chucherías, la comida a capricho, los juguetes sin necesidad... Al final, dicen, se acaba haciendo todo aquello que uno dijo que nunca haría, porque la supervivencia a veces puede mucho más que los principios preconcebidos. Y uno quiere que su hijo coma, que su hijo no moleste y que, si no le gustan las verduras, al menos trague algo. Educar no es una tarea sencilla y predicar con el ejemplo lo es mucho menos. Así es que terrazas y puertas de bares se quedan muy frecuentemente plagadas de colillas, aun con ceniceros cerca, bajo el cuento aquel de que hay que dar trabajo a los barrenderos y, por qué no, también a los camareros. Semeja una broma de mal gusto, pero ocurre. ¿Acaso a uno se le pasa por la cabeza tirar las cáscaras de pipas en su balcón? Semeja que el espacio de todos es menos responsabilidad de cada uno y que una mano común ordenará todo eso con el que uno tiene menos consideración de lo normal. No es cierto. A veces los niños deben tomar nota de buenas conductas en circunstancias ciertamente extrañas. Hace unos días, en una playa, una mujer le pedía encarecidamente al suyo que no molestase a los demás bañistas con la arena, con sus carreras, con sus juegos. Era una buena petición, si no fuese porque se lo demandaba con un volumen de voz que ocupaba más que los juegos del niño el espacio personal de todos los que estaban al lado.

Al igual que las redes sociales han permitido verter las informaciones más descabelladas y las opiniones más ofensivas bajo el eje común de una mal entendida libertad de expresión, parece también que uno tiene el derecho a todo si paga sus impuestos, si paga su estancia. A escupir en la calle los males todos y a dejárselo allí, bien visible, para el que venga atrás. A plantar las manos en los cristales sin remordimientos. A fumar en la cara del que pase. A colarse en las colas de los supermercados. A criticar en voz alta el trabajo de quien va haciendo cuanto puede, pero, se ve, no con la inmediatez que hoy se reclama para todo. Cambiar conductas, de adultos y de niños, parece un trabajo lento y costoso, pero necesario.

La individualidad de uno siempre choca con las de los demás y de eso mismo se trata la convivencia, la civilización. No es fácil. Todos tenemos una lista de «yo nunca», por supuesto, y espero no tener que incluir lo de gritar para toda la playa.

Por Patricia Blanco CIUDADANA

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