Rock, poesía, hedonismo y litros de cerveza en vena. ¡A fuego! ¡Oh! Jim Morrison, Bukowski, qué genios, sabían de qué va la vida. Los paraísos artificiales de Baudelaire, huir de la realidad en una nube de opio como Gautier; almas tan sensibles que no pueden vivir sin anestesia psicotrópica. Ídolos de palo para chicos malos, como yo, yo quiero ser como ellos…
¡Pum! Un día te plantas a los 34 años, echas la vista atrás, haces balance de los últimos 20 y solo sientes una profunda decepción. Haciendo retrospectiva rascas un poco y te das cuenta de la magnitud del fraude de los abanderados del carpe diem, esos fariseos lo único que hacen es disfrazar con hábiles expresiones estéticas el «ponte a tope, primo» de cualquier párking de discoteca. Al menos el cani del párking no intenta venderte el agarrarse una borrachera cercana al coma como una disquisición sobre la intrascendencia vital.
Y llega una resaca de realidad tan horrible que rasga el velo de Maya y te deja ver el mundo al desnudo. ¿Qué he estado haciendo? ¿Para qué? El malditismo no es una filosofía de vida, es una pantomima, es firmar ad eternum un contrato para desayunar, comer y cenar en Burguer King a diario: el producto parece atractivo, desprende un orgiástico olor; pero solo hay que comerlo un mes entero para odiarlo. Me lo tragué todo, entero. Esas hamburguesas de pajaritos en la cabeza me han vuelto obseso mórbido y, en cada taquicardia, el corazón intenta decirme en código morse: ningún whisky va a liberar tu alma, no eres especial, se te pasó el arroz para ser poeta y estrella del rock. Asúmelo.